A una mujer de cincuenta años que superó un cáncer de mama HER2 positivo hace tres años, a la que le bajó la fracción de eyección durante el trastuzumab, le pusiste un inhibidor de la enzima convertidora de angiotensina y un betabloqueante, y cuya función ventricular lleva dos años normal, se le ocurre una pregunta perfectamente razonable en la consulta: ¿hasta cuándo tengo que tomar esto? Hasta ahora la respuesta honesta era «no lo sé, pero de momento no lo dejes». El estudio HER-SAFE, publicado en European Heart Journal [1], es el primer trabajo aleatorizado que pone a prueba esa costumbre.
Noventa supervivientes de cáncer de mama con disfunción cardiaca relacionada con el tratamiento del cáncer (CTRCD) por terapias dirigidas a HER2, ya recuperada, se asignaron al azar a retirar el tratamiento de insuficiencia cardiaca de forma escalonada o a mantenerlo. Al cabo de doce meses hubo una sola recaída en el grupo de retirada, asintomática y reversible. La conclusión es prometedora y, a la vez, más frágil de lo que parece: conviene mirar los dos lados.
En este artículo:
- Lo que sabíamos hasta ahora
- Cómo se diseñó el estudio HER-SAFE
- Quién entró en el estudio
- Una sola recaída en 45
- El caso que recayó, y por qué importa
- Función cardiaca, biomarcadores y calidad de vida
- Por qué el resultado es frágil
- Lo que el estudio HER-SAFE no responde
- Qué cambia en la práctica clínica
Lo que sabíamos hasta ahora
La costumbre de mantener el tratamiento de forma indefinida no nació de estos pacientes. Viene prestada de la miocardiopatía dilatada recuperada, y en concreto del estudio TRED-HF [2]: 51 pacientes asintomáticos, con fracción de eyección normalizada, volúmenes normales y NT-proBNP bajo, aleatorizados a retirada escalonada o a continuar. Recayeron 11 de 25 en seis meses, un 44%, frente a ninguno de los que siguieron con el tratamiento. El mensaje de aquel trabajo fue tajante: el tratamiento debe continuar indefinidamente hasta que sepamos predecir quién recae.
El seguimiento a largo plazo de esa misma cohorte matizó poco el pronóstico [3]: a lo largo de una mediana de seis años recayeron 33 de los 51 pacientes, un 65%, con una tasa de recaída del 61% a cinco años desde el reclutamiento. El riesgo no desaparece con el tiempo.
Pero la disfunción por terapias oncológicas dirigidas no es una miocardiopatía dilatada. El daño lo produce una exposición temporal a un agente que se retira al terminar el tratamiento oncológico, con disfunción mitocondrial más que pérdida de miocitos, y sin la fibrosis ni la desregulación neurohormonal persistentes que definen a la dilatada. Los pacientes de TRED-HF tenían una fracción de eyección mínima mediana del 25%, realce tardío de gadolinio en torno al 40%, variantes truncantes de titina probablemente patogénicas en el 22% y hospitalización por insuficiencia cardiaca en el 63%. Nada de eso describe a la superviviente asintomática de un cáncer de mama.
Otros dos trabajos ya habían explorado esa idea en fenotipos reversibles distintos. En el estudio STOP-CRT [5], con 80 pacientes con fracción de eyección normalizada tras terapia de resincronización, sólo 6 (7,5%) presentaron remodelado adverso a 24 meses y 4 (5%) cumplieron la variable combinada de seguridad, aunque 17 tuvieron que reiniciar el bloqueo neurohormonal por hipertensión o arritmias supraventriculares. En el estudio WITHDRAW-AF [4], con 60 pacientes con miocardiopatía mediada por fibrilación auricular y ritmo sinusal recuperado, el 90% del brazo de retirada mantuvo la fracción de eyección por encima del 50% a seis meses frente al 100% del brazo de continuación, sin diferencias en la fracción de eyección medida por resonancia (58% frente a 59%, p = 0,236).
Lo que faltaba era el escalón de la cardio-oncología. La guía ESC 2022 de cardio-oncología [6] recomienda iniciar tratamiento de insuficiencia cardiaca ante una CTRCD sintomática moderada o grave con fracción de eyección menor del 50% durante la terapia dirigida a HER2, con una recomendación de clase I y nivel de evidencia B, y añadir un inhibidor del sistema renina-angiotensina y un betabloqueante en la CTRCD asintomática moderada con clase I y nivel de evidencia C. Pero ninguna recomendación dice durante cuánto tiempo mantenerlo una vez recuperada la función. Ese es el hueco.
Cómo se diseñó el estudio HER-SAFE
Se trata de un ensayo aleatorizado, abierto y multicéntrico, hecho en cuatro hospitales del Reino Unido entre julio de 2023 y junio de 2025, con diseño de no inferioridad.
Para entrar había que haber terminado la terapia dirigida a HER2 por un cáncer de mama invasivo no metastásico, haber tenido un diagnóstico previo de CTRCD y estar recuperada. La recuperación se definió de forma exigente: ausencia de síntomas, fracción de eyección por encima del 50% mantenida al menos seis meses y NT-proBNP por debajo de 125 ng/L. Además había que estar tomando, como mínimo, un inhibidor de la enzima convertidora de angiotensina, un antagonista del receptor de angiotensina, un inhibidor de la neprilisina y del receptor de angiotensina o un betabloqueante.
Quedaron fuera las pacientes con riesgo cardiovascular basal alto o muy alto según la estratificación HFA-ICOS, las que tenían una fracción de eyección menor del 50% antes de empezar la terapia anti-HER2 o al terminar las antraciclinas, y las que tenían otra indicación de guía para esos mismos fármacos. Este último criterio no es un detalle: significa que quien tomaba el inhibidor por hipertensión, por diabetes o por cardiopatía isquémica no entró.
La retirada siguió un algoritmo escalonado adaptado del protocolo de TRED-HF, con este orden: primero el betabloqueante, después el inhibidor del sistema renina-angiotensina-aldosterona, después el antagonista del receptor mineralocorticoideo y por último el inhibidor del cotransportador sodio-glucosa tipo 2. La dosis de cada fármaco se reducía a la mitad cada dos semanas hasta llegar al 25% o menos de la dosis máxima recomendada, momento en el que se suspendía y se pasaba al siguiente. Hubo consulta virtual cada dos semanas para confirmar la reducción y preguntar por los síntomas, con revisión presencial si hacía falta.
La variable principal fue la aparición de una CTRCD moderada o grave, sintomática o no, a lo largo de doce meses, adjudicada de forma independiente y analizada por intención de tratar. El seguimiento se hizo con resonancia cardiaca en todas las visitas mayores, con lectura centralizada y ciega mediante un programa automatizado de aprendizaje automático, verificada además por expertos de forma manual e independiente. Todas las participantes aceptaron cinco años más de vigilancia.
Quién entró en el estudio
Se evaluaron 157 candidatas y se aleatorizaron 90: 46 a retirada y 44 a continuación. De las 67 excluidas, 52 no cumplían criterios (25 por NT-proBNP por encima del umbral y 23 por tener otra indicación de guía para la medicación) y 15 declinaron participar.
Todas eran mujeres, con una mediana de edad de 50 y 52 años en cada brazo, y con una mediana de 17,3 meses desde la recuperación hasta la aleatorización. El 92% había recibido antraciclinas, con una dosis acumulada mediana en torno a 235 mg/m². Cuarenta habían recibido radioterapia torácica.
La gravedad de la CTRCD previa fue leve en 23 pacientes, moderada en 57 y grave en 10. La fracción de eyección mínima mediana fue del 48% y del 45% en cada brazo, muy lejos del 25% de TRED-HF, y en la recuperación había subido al 58% y al 57%. El realce tardío de gadolinio estaba ausente en unas tres cuartas partes, no había ningún patrón isquémico y sólo un 13% y un 9% tenían realce no isquémico.
En cuanto al tratamiento, 88 de las 90 tomaban un inhibidor del sistema renina-angiotensina, en su mayoría ramipril, y 79 un betabloqueante, casi siempre bisoprolol. El uso de antagonistas del receptor mineralocorticoideo y de inhibidores del cotransportador sodio-glucosa tipo 2 era bajo, por debajo del 15% y del 10% respectivamente, algo esperable porque la guía vigente no los recomienda específicamente en este contexto. Sesenta y dos pacientes tomaban exactamente dos clases.
Una sola recaída en 45
La variable principal ocurrió en 1 de 45 pacientes del grupo de retirada (2,2%) y en 0 de 44 del grupo de continuación. La diferencia entre grupos fue de 2,2 puntos porcentuales, con un límite superior del intervalo de confianza del 90% de 9,4 puntos, por debajo del margen de no inferioridad prefijado en 10 puntos.
Los resultados fueron los mismos en los análisis por protocolo y por tratamiento recibido, y aplicando la definición alternativa de cardiotoxicidad de la Sociedad Americana de Ecocardiografía. Un análisis de sensibilidad que reprodujo el procedimiento de minimización 50.000 veces fue concordante con el análisis principal.
Igual de importante es lo que no ocurrió: ninguna muerte, ninguna hospitalización por insuficiencia cardiaca y ningún episodio sintomático en ninguno de los dos brazos. Hubo dos acontecimientos adversos graves en cada grupo, todos considerados no relacionados con el estudio. Ninguna participante superó los umbrales de seguridad prefijados para los biomarcadores, salvo el único caso que cumplió la variable principal. Todas las asignadas a retirada completaron la suspensión según el calendario previsto.
El caso que recayó, y por qué importa
El único evento merece un párrafo propio, porque enseña más que el resultado global. Fue una CTRCD moderada asintomática detectada por la resonancia programada a los doce meses: la fracción de eyección pasó del 55,1% al retirar el tratamiento al 50% a los seis meses y al 43,8% a los doce, con el strain longitudinal global cayendo en paralelo de −15,9% a −13,6% y el NT-proBNP subiendo de 118 a 143 ng/L. La paciente estuvo en clase funcional I de la NYHA en todo momento.
Al reiniciar el tratamiento, la función se recuperó: la fracción de eyección volvió al 50,9% y el strain al −15,9% doce meses después, con el NT-proBNP de nuevo en 102 ng/L. La lectura experta manual e independiente confirmó los cambios de la resonancia.
Lo relevante es su perfil. A pesar de tener una puntuación HFA-ICOS de riesgo basal bajo, acumulaba tres marcadores de riesgo alto: una CTRCD previa grave y sintomática, con fracción de eyección mínima del 33% y clase funcional III; una dosis acumulada de antraciclina por encima de la mediana de la cohorte, 258 mg/m² frente a 235,3 mg/m²; y radioterapia sobre la mama izquierda. Es decir, la escala de riesgo previa al tratamiento oncológico no vio lo que sí veían la gravedad del episodio y la carga acumulada de terapias cardiotóxicas.
Función cardiaca, biomarcadores y calidad de vida
La fracción de eyección por resonancia se mantuvo estable en los dos grupos: 55,2% frente a 55,6% a los doce meses, con una diferencia entre grupos en el cambio desde el inicio de −0,8 puntos (intervalo de confianza del 95% de −2,0 a +0,4), sin significación estadística. El volumen telediastólico indexado y el strain longitudinal global tampoco se movieron.
Esta estabilidad es más informativa de lo que parece, porque un análisis posterior estimó que, con resonancia y análisis automatizado, el estudio tenía en torno a un 80% de potencia para detectar una diferencia de 2,4 puntos de fracción de eyección y más del 90% para detectar 3 puntos. Con una diferencia observada de 0,8 puntos en sentido contrario, una caída clínicamente relevante atribuible a la retirada resulta poco probable.
Los biomarcadores se mantuvieron dentro de límites normales en ambos brazos. El NT-proBNP fue numéricamente menor en el grupo de retirada, 78 frente a 96 ng/L, sin diferencia significativa, y la troponina T de alta sensibilidad tampoco difirió (4,7 frente a 5,5 ng/L).
La calidad de vida favoreció a la retirada en los dos instrumentos, con diferencias estadísticamente significativas pero muy pequeñas en términos absolutos: 2,3 puntos en el cuestionario de Kansas City y 2,9 puntos en el de Minnesota, ambas por debajo de la diferencia mínima clínicamente importante de cada escala, y con puntuaciones basales prácticamente en el techo. Los propios autores lo interpretan como preferencia por dejar de tomar pastillas más que como mejoría clínica real, y es una lectura sensata.
Lo esperable sí ocurrió en los parámetros hemodinámicos: la frecuencia cardiaca subió unos 5 latidos por minuto más en el grupo que retiró, y la presión sistólica subió unos 3 mmHg más. Entre las medidas exploratorias, la única que se movió fue la fracción de contracción miocárdica, un índice de contractilidad independiente del volumen, con una diferencia de −4,4 puntos porcentuales a favor del grupo que continuó. Es un hallazgo aislado, sin traducción en la fracción de eyección ni en el strain ni en los biomarcadores, y no debe leerse como daño.
| Variable | Estudio HER-SAFE | Estudio TRED-HF | Estudio WITHDRAW-AF |
|---|---|---|---|
| Pacientes | 90 | 51 | 60 |
| Sustrato | Cardiotoxicidad por anti-HER2 recuperada | Miocardiopatía dilatada recuperada | Miocardiopatía por fibrilación auricular recuperada |
| FEVI mínima previa (mediana) | 48% y 45% por brazo | 25% | No comparable |
| Recaídas al retirar | 1 de 45 a 12 meses | 11 de 25 a 6 meses | 3 de 30 a 6 meses |
| Eventos clínicos | Ninguno | Recurrencia sintomática | Ninguno relevante |
Por qué el resultado es frágil
Aquí conviene ser explícito, porque la magnitud del titular no se corresponde con la fuerza del dato, y los propios autores lo escriben sin adornos.
El margen de no inferioridad de 10 puntos porcentuales no se derivó estadísticamente: se eligió por razones pragmáticas, porque con la tasa de eventos esperada un margen anclado en el menor cambio relevante de fracción de eyección habría hecho el estudio inviable. Se sometió a grupos de pacientes, que lo consideraron aceptable siempre que hubiera vigilancia estrecha. Es una decisión defendible y transparente, pero el lector debe saber que ese 10% es una convención, no una medida.
Y el resultado se sostiene sobre un único evento. Con un criterio más conservador, un intervalo de confianza bilateral del 95%, el límite superior habría llegado a 11,7 puntos porcentuales y habría cruzado el margen. Un segundo evento en el brazo de retirada lo habría llevado a 12,6. Dicho de otra manera: la conclusión formal de no inferioridad depende de que no apareciera una segunda paciente con una caída de la fracción de eyección.
Lo que sí sostiene el mensaje, y con bastante más solidez, son las medidas continuas: la fracción de eyección, el strain, los volúmenes y los biomarcadores se mantuvieron planos y superponibles en los dos brazos durante doce meses, medidos con resonancia y análisis automatizado. Esa es la parte del estudio que menos margen de duda deja.
Lo que el estudio HER-SAFE no responde
La cohorte es pequeña, de 90 pacientes, aunque del mismo orden que TRED-HF, STOP-CRT y WITHDRAW-AF. El único evento impidió modelar predictores de recaída, que es justamente lo que más falta hace para seleccionar a quién deprescribir.
El seguimiento fue de doce meses, y el único evento apareció precisamente en la visita del mes doce. Eso abre la posibilidad de que existan más recaídas asintomáticas más allá de la ventana de observación, y explica por qué la vigilancia prevista a cinco años no es un adorno.
La población tenía riesgo cardiovascular basal bajo o medio, todas eran mujeres y el 92% había recibido antraciclinas, una pauta cada vez menos frecuente. Los pacientes de riesgo alto quedaron excluidos y, en la mayoría de ellos, la medicación tenía además otra indicación de guía: retirarla en ese grupo es otra pregunta, y este trabajo no la responde. El diseño abierto pudo influir en las medidas autorreferidas, como los cuestionarios de calidad de vida.
Por último, el seguimiento se hizo con resonancia. En la mayoría de los centros la vigilancia se hace con ecocardiografía, y no se ha demostrado que una estrategia de retirada monitorizada con ecocardiograma detecte lo mismo. El estudio STOP-MED CTRCD, ya en marcha, incorpora ecocardiografía seriada junto a la resonancia y ampliará la pregunta a cohortes más amplias de pacientes oncológicos.
Qué cambia en la práctica clínica
Lo primero que cambia es que ya hay algo que ofrecer en esa conversación. Hasta ahora, cuando una superviviente preguntaba si podía dejar la medicación, la respuesta se apoyaba en un estudio hecho en otra enfermedad. Ahora se puede decir que en la única serie aleatorizada disponible en su situación, con 45 pacientes que retiraron el tratamiento, hubo una recaída asintomática que se resolvió al reiniciarlo. Eso es material para una decisión compartida, no una indicación.
Lo segundo es que la selección importa más que el procedimiento. Los criterios que se aplicaron en este trabajo son restrictivos y conviene respetarlos: función recuperada de forma sostenida al menos seis meses, sin síntomas, con NT-proBNP normal, sin otra indicación de guía para los mismos fármacos y con riesgo cardiovascular basal que no sea alto. Quien toma un inhibidor de la enzima convertidora por hipertensión o por diabetes no es candidato a esta conversación, porque el fármaco no está ahí por el corazón que se recuperó.
Lo tercero es que el caso que recayó dibuja el perfil del que conviene dejar en paz. Una CTRCD previa grave y sintomática, una dosis acumulada alta de antraciclina y radioterapia izquierda son señales que la escala HFA-ICOS, calculada antes de empezar el tratamiento oncológico, no recoge. En el otro extremo, entre las 23 pacientes con CTRCD previa leve no hubo ninguna recaída, y ese es el grupo en el que la deprescripción resulta más atractiva, porque suelen acabar con el mismo tratamiento que las de episodios más graves teniendo mucho menos riesgo acumulado.
Lo cuarto es que retirar no es dejar de vigilar. La vigilancia de la función cardiaca en el superviviente ya tiene su lugar en la guía ESC 2022, con evaluación anual del riesgo cardiovascular, electrocardiograma y péptidos natriuréticos con clase I y nivel de evidencia B, reestratificación a los cinco años con clase I y nivel de evidencia C, y ecocardiograma a los años 1, 3 y 5 y luego cada cinco años en los supervivientes de riesgo muy alto y de riesgo alto precoz, con clase IIa y nivel de evidencia C. Una retirada sin ese calendario detrás no reproduce lo que se hizo en el estudio HER-SAFE, donde el único evento se detectó por una prueba de imagen programada en una paciente que se encontraba perfectamente.
Y hay una idea de fondo que este trabajo refuerza junto con el estudio SUCCOUR-MRI [7], donde iniciar tratamiento ante una caída aislada del strain preservó mejor la fracción de eyección a doce meses (cambio de −2,5% frente a −5,6% con el cuidado habitual). El esquema que empieza a dibujarse es de tratamiento precoz guiado por strain durante la quimioterapia, y retirada monitorizada después, una vez terminada la terapia oncológica y confirmada la recuperación. Es un cambio de mentalidad: de la medicación para siempre a la medicación mientras hace falta.
Mensajes clave
- En el estudio HER-SAFE, retirar de forma escalonada el tratamiento de insuficiencia cardiaca en supervivientes de cáncer de mama con cardiotoxicidad por anti-HER2 recuperada produjo una sola recaída en 45 pacientes a doce meses, asintomática y reversible al reiniciar.
- No hubo muertes, hospitalizaciones por insuficiencia cardiaca ni episodios sintomáticos en ninguno de los dos grupos, y la fracción de eyección, el strain y los biomarcadores permanecieron estables y superponibles.
- La conclusión formal de no inferioridad es frágil: se apoya en un único evento y con un criterio bilateral del 95% habría cruzado el margen prefijado de 10 puntos porcentuales.
- El riesgo de recaída en esta situación es mucho menor que en la miocardiopatía dilatada recuperada, donde recayeron 11 de 25 pacientes en seis meses: el mecanismo, el sustrato y la gravedad basal son distintos.
- La paciente que recayó tenía riesgo basal bajo por escala, pero cardiotoxicidad previa grave, dosis alta de antraciclina y radioterapia izquierda: la gravedad del episodio y la carga acumulada pesan más que la puntuación calculada antes del tratamiento oncológico.
Relevancia y aplicación clínica
La población de supervivientes de cáncer de mama que arrastra un tratamiento de insuficiencia cardiaca durante años crece sin parar, y hasta hoy nadie tenía un dato aleatorizado que ofrecerles. Este trabajo no autoriza a deprescribir de forma sistemática, pero cambia la naturaleza de la conversación: ya no es una negativa por precaución, es una decisión compartida con una cifra encima de la mesa.
El grupo en el que la retirada resulta más razonable es bastante concreto: mujeres con cardiotoxicidad previa leve o moderada, asintomáticas, con función recuperada de forma sostenida y biomarcadores normales, sin otra indicación para esos fármacos y con riesgo basal bajo o medio. Ahí, y con un programa de vigilancia estructurado detrás, intentar la retirada es defendible. En el extremo opuesto, ante una cardiotoxicidad previa grave, una carga alta de antraciclinas o radioterapia sobre el corazón, la prudencia sigue ganando.
Conviene además no perder de vista lo que la deprescripción resuelve más allá del ventrículo. Una receta indefinida es un recordatorio permanente de enfermedad, con consecuencias en el bienestar psicológico, en los seguros, en el empleo, en la carga de controles y en la planificación de un embarazo. En una mujer de cuarenta años curada de su cáncer, eso no es un detalle menor.
Con todo, lo que hoy sostiene la práctica es la vigilancia, no la retirada. La cardiotoxicidad por terapias dirigidas a HER2 se detecta y se sigue con imagen y biomarcadores, y el estudio HER-SAFE demuestra precisamente que una recaída puede ocurrir en una paciente que se encuentra bien y sólo aparece si alguien la busca. Retirar el tratamiento de insuficiencia cardiaca tras una cardiotoxicidad recuperada es hoy una opción razonable en pacientes seleccionadas, siempre acompañada de un calendario de seguimiento que no se abandone.
Preguntas frecuentes
¿Se puede retirar el tratamiento de insuficiencia cardiaca a una paciente que se recuperó de la cardiotoxicidad por trastuzumab?
En pacientes seleccionadas, sí, como decisión compartida y con vigilancia. En el estudio HER-SAFE, con 45 pacientes que lo retiraron, hubo una sola recaída a doce meses, asintomática y reversible. No es una indicación general: los criterios de selección eran estrictos.
¿Cuánto tiempo hay que esperar desde la recuperación para plantear la retirada?
En este trabajo, la función debía estar recuperada al menos seis meses, con ausencia de síntomas y NT-proBNP por debajo de 125 ng/L. En la práctica, la mediana desde la recuperación hasta la retirada fue de 17,3 meses.
¿Cómo se retira la medicación sin riesgo?
De forma escalonada y ordenada: primero el betabloqueante, después el inhibidor del sistema renina-angiotensina-aldosterona, después el antagonista del receptor mineralocorticoideo y por último el inhibidor del cotransportador sodio-glucosa tipo 2, reduciendo cada dosis a la mitad cada dos semanas hasta un cuarto de la dosis máxima y suspendiendo entonces, con contacto clínico cada dos semanas.
¿Por qué el riesgo es tan distinto del de la miocardiopatía dilatada recuperada?
Porque el sustrato es otro. En la cardiotoxicidad por anti-HER2 el daño lo produce una exposición temporal que se retira al terminar el tratamiento oncológico, la fracción de eyección mínima suele ser mucho menos baja y la mayoría no tiene fibrosis miocárdica. En la dilatada recuperada persiste una enfermedad de base.
Bibliografía recomendada
- Dowsing B, Dehbi HM, Andres MS, Chung R, Oashou A, Wilson JM, et al. Safety of withdrawal of pharmacological treatment after recovery from HER2 therapy-related cardiac dysfunction: the HER-SAFE trial. Eur Heart J. 2026;ehag707. PMID 42669033
- Halliday BP, Wassall R, Lota AS, Khalique Z, Gregson J, Newsome S, et al. Withdrawal of pharmacological treatment for heart failure in patients with recovered dilated cardiomyopathy (TRED-HF): an open-label, pilot, randomised trial. Lancet. 2019;393(10166):61-73. PMID 30429050
- Cheng L, Hammersley D, Ragavan A, Javed S, Mukhopadhyay S, Gregson J, et al. Long-term follow-up of the TRED-HF trial: implications for therapy in patients with dilated cardiomyopathy and heart failure remission. Eur J Heart Fail. 2025;27(1):113-123. PMID 39349993
- Segan L, Kistler PM, Nanayakkara S, Taylor A, Hare J, Costello B, et al. Withdrawal of heart failure therapy after atrial fibrillation rhythm control with ejection fraction normalization: the WITHDRAW-AF trial. Eur Heart J. 2026;47(2):250-262. PMID 40830055
- Nijst P, Martens P, Dauw J, Tang WHW, Bertrand PB, Penders J, et al. Withdrawal of neurohumoral blockade after cardiac resynchronization therapy. J Am Coll Cardiol. 2020;75(12):1426-1438. PMID 32216911
- Lyon AR, López-Fernández T, Couch LS, Asteggiano R, Aznar MC, Bergler-Klein J, et al. 2022 ESC Guidelines on cardio-oncology. Eur Heart J. 2022;43(41):4229-4361. PMID 36017568
- Marwick TH, Dewar E, Nolan M, Shirazi M, Dias P, Wright L, et al. Strain surveillance during chemotherapy to improve cardiovascular outcomes: the SUCCOUR-MRI trial. Eur Heart J. 2024;45(41):4414-4424. PMID 39217601
Ramón Bover Freire










































