La salud en la Torre de Babel: comentario a la editorial del Dr. Ricardo López Santi, presidente de la SIAC
Pocas veces una editorial médica logra lo que la del Dr. Ricardo López Santi, presidente de la Sociedad Interamericana de Cardiología (SIAC), publicada en IntraMed, consigue con precisión quirúrgica: nombrar con exactitud filosófica e histórica algo que todos intuimos pero que rara vez articulamos con esta claridad. La imagen de la Torre de Babel no es en su texto un recurso retórico: es un diagnóstico estructural de la comunicación en salud en América Latina.
Y como tal, merece ser discutido.
El Dr. López Santi describe una región que acumula simultáneamente una transición epidemiológica inconclusa, las desigualdades más pronunciadas del mundo —índice Gini entre 46 y 50, según el Banco Mundial—, sistemas de salud fragmentados y una epidemia paralela que avanza sin vacuna posible: la desinformación médica. Su editorial interpela directamente a quienes ejercemos la medicina desde una trinchera académica y clínica. La pregunta que plantea no admite evasión: ¿de qué sirve generar evidencia de excelencia si no somos capaces de comunicarla?
Desde la cardiología preventiva y la rehabilitación cardiovascular, esto no es una preocupación abstracta. Es cotidiana. Nuestros pacientes llegan a la consulta habiendo consumido durante semanas —o meses— contenidos digitales que contradicen, distorsionan o directamente niegan lo que la evidencia científica establece con rigor metodológico. El ejemplo de las vacunas que el Dr. López Santi cita resulta revelador: el análisis de 145 portales japoneses demostró que los mensajes antivacuna, firmados por no médicos, alcanzaban mayor difusión que los mensajes respaldados por evidencia y avalados por profesionales de la salud. La visibilidad, no la rigurosidad, dicta el alcance en el ecosistema digital.
Este fenómeno tiene consecuencias cardiovasculares concretas y medibles. La adherencia terapéutica, la modificación del estilo de vida, la participación en programas de rehabilitación cardíaca, la aceptación de intervenciones preventivas: todos estos desenlaces están condicionados por la calidad —y la fuente— de la información que el paciente recibe antes de llegar a nuestra consulta. Un paciente que ha interiorizado una narrativa emocionalmente atractiva pero conceptualmente débil no es simplemente un paciente desinformado: es un paciente con una información alternativa que compite directamente con la nuestra y que, en el entorno digital actual, frecuentemente lleva ventaja.
El Dr. López Santi señala con acierto que las sociedades científicas tienen aquí una responsabilidad estratégica que trasciende la producción de guías clínicas. En Latinoamérica, donde las brechas en la formación de los equipos sanitarios son profundas y el acceso a la atención es desigual, no podemos seguir produciendo conocimiento de excelencia para luego dejarlo encapsulado en publicaciones de acceso restringido, redactadas en un lenguaje que la comunidad no habla.
La comunicación científica del siglo XXI exige lo que la ciencia siempre ha exigido: rigor. Pero añade una condición que no podemos ignorar: la capacidad de ser comprendida, recordada y actuada. Eso no es una concesión a la superficialidad. Es la condición de posibilidad de que el conocimiento tenga impacto real sobre la salud de las poblaciones.
Como médicos comprometidos con la prevención cardiovascular en nuestra región, la pregunta que nos deja esta editorial no es si debemos comunicar mejor. Es si podemos permitirnos seguir comunicando igual.
Referencias:
Juan José Hurtado Mendoza















































