Saber no basta: la prevención cardiovascular de los sanitarios en el ESC Cardiovascular Health Check 2025

La escena se repite varias veces al día en cualquier consulta: le explicas a un paciente por qué su colesterol LDL tiene que bajar de un umbral concreto, le ajustas la dosis y le citas para control. Ahora dale la vuelta a la pregunta: ¿cuándo miraste tú el tuyo por última vez, y sabes si estás en tu objetivo? El ESC Cardiovascular Health Check 2025, publicado en European Heart Journal [1], se lo preguntó con datos a 1.366 profesionales sanitarios durante el Congreso de la Sociedad Europea de Cardiología celebrado en Madrid.

El resultado tiene dos caras. La primera es tranquilizadora: los sanitarios tienen menos factores de riesgo y menos aterosclerosis subclínica que la población general emparejada por edad y sexo. La segunda no lo es tanto: la proporción de factores de riesgo sin diagnosticar es la misma, el uso de tratamiento recomendado es menor y, entre los que ya tienen enfermedad cardiovascular establecida, sólo uno de cada cinco de los tratados con hipolipemiante alcanza su objetivo de colesterol LDL.

En este artículo:

  1. Lo que sabíamos hasta ahora
  2. Cómo se hizo el chequeo
  3. El perfil de riesgo de los sanitarios
  4. Aterosclerosis subclínica, y con qué se compara
  5. Lo que no sabían que tenían
  6. Dónde se rompe la cascada: el tratamiento
  7. Los objetivos terapéuticos
  8. El 9% de antiagregantes
  9. Lo que estos números no pueden decir
  10. Qué cambia en la práctica diaria

Lo que sabíamos hasta ahora

Que la prevención cardiovascular se implementa mal no es una novedad. Lo que faltaba era saber si eso también le pasa a quien la prescribe.

Del lado del paciente, la fotografía es conocida y acaba de actualizarse. En el estudio EUROASPIRE VI [2], con 8.590 pacientes coronarios de 160 hospitales de 27 países europeos evaluados entre septiembre de 2024 y febrero de 2026, el 82,7% estaba por encima del objetivo de colesterol LDL, el 59,8% por encima del objetivo de presión arterial, el 17,1% seguía fumando y el 32,0% era obeso. Y sólo el 29,1% acudió a rehabilitación cardiaca, con una variabilidad entre países que va del 0% al 79%.

Del lado de la enfermedad silente, el estudio REACT [3] acaba de mostrar que la aterosclerosis empieza mucho antes de lo que se cuenta: en 16.808 adultos de 18 a 70 años sin enfermedad conocida, el 57,1% tenía placa detectable, ya presente en cerca de uno de cada diez menores de treinta años.

Sobre los propios profesionales, en cambio, los datos previos se limitaban a la prevalencia de factores de riesgo aislados en colectivos concretos o en hospitales sueltos. Nadie había recorrido la cascada completa en ellos: qué factores tienen, cuáles saben que tienen, cuántos reciben el tratamiento que las guías recomiendan y cuántos llegan al objetivo. Eso es lo que aporta este trabajo.

Cómo se hizo el chequeo

Es un estudio transversal. A los asistentes del Congreso ESC 2025, celebrado en Madrid del 29 de agosto al 1 de septiembre de 2025, se les ofreció una evaluación gratuita en el propio recinto, con historia clínica, exploración física, analítica y ecografía carotídea. Participaron 1.366 de los 28.723 asistentes, procedentes de 98 países. El 68,8% eran médicos, el 4,4% enfermeras y el 26,8% otros profesionales sanitarios.

Como comparación se usaron 2.732 personas de la población general sin enfermedad aterosclerótica establecida, procedentes de la iniciativa REACT, emparejadas 1:2 por edad y sexo. El emparejamiento se estratificó por país, de modo que a cada profesional le correspondieron un control danés y uno español.

Los análisis de tratamiento y de objetivos se hicieron por separado en prevención primaria y secundaria, según hubiera o no enfermedad aterosclerótica establecida autodeclarada, y dejando fuera de los análisis de fármacos a los menores de 40 años, en los que no se aplican las tablas de riesgo. El riesgo se estimó con SCORE2, SCORE2-Diabetes y SCORE2-OP, y los objetivos fueron los de la guía vigente: colesterol LDL por debajo de 116 mg/dL en riesgo bajo o moderado, de 70 mg/dL en riesgo alto y de 55 mg/dL en riesgo muy alto o con enfermedad establecida; presión sistólica por debajo de 130 mmHg; hemoglobina glicada por debajo del 7,0%.

El perfil de riesgo de los sanitarios

La mediana de edad fue de 42 años, el 48,5% eran mujeres y el 11,1% (152 personas) refería ya enfermedad aterosclerótica establecida.

El factor de riesgo modificable más frecuente, con diferencia, fue el exceso de peso: el 46,8%. Con los datos observados sin imputar, eso se reparte en un 35,8% de sobrepeso y un 11,3% de obesidad. Le siguieron la hipertensión (23,2%), la hiperlipidemia (22,7%) y la lipoproteína(a) elevada, definida como valores de 50 mg/dL o más, presente en el 17,9%. Fueron infrecuentes el tabaquismo activo (3,7%), la diabetes (5,1%) y la enfermedad renal crónica (1,8%).

Sumando, el 70,6% tenía al menos un factor de riesgo cardiovascular y el 63,3% al menos uno modificable.

La comparación con los controles favorece claramente a los profesionales: menos hipertensión (23,2% frente a 27,3%), menos exceso de peso (46,8% frente a 53,8%) y muchísimo menos tabaquismo actual o previo (12,0% frente a 45,1%). También tenían el colesterol LDL más bajo (mediana de 107 frente a 120 mg/dL), el colesterol HDL más alto y la lipoproteína(a) más baja (10 frente a 22 mg/dL). La hiperlipidemia y la diabetes fueron igual de frecuentes en los dos grupos.

Aterosclerosis subclínica, y con qué se compara

Se hizo ecografía carotídea a 292 profesionales, de forma no seleccionada y por orden de llegada, sin cribado previo por riesgo. Entre los 252 que no tenían enfermedad establecida, 55 (21,8%) presentaban al menos una placa carotídea, frente a 866 de 2.732 controles (31,7%). Entre los 40 con enfermedad establecida a los que se exploró, la proporción subió al 42,5%.

La diferencia a favor de los profesionales se concentró en la franja de 41 a 55 años, donde tenían placa el 20,4% frente al 37,2% de los controles. Por debajo de los 40 años (9,2% frente a 12,3%) y por encima de los 55 (65,7% frente a 72,8%) las diferencias no fueron significativas, aunque los denominadores en el grupo mayor son muy pequeños.

Aquí conviene una precisión que evita el error de lectura más fácil de cometer con estos datos. Esta comparación se hizo sólo con ecografía carotídea en ambos grupos. La cifra del 57,1% del estudio REACT corresponde a un cribado mucho más amplio, con ecografía tridimensional de carótidas y femorales más angiografía coronaria por tomografía computarizada, y no es comparable con el 21,8% ni con el 31,7% de aquí. Las tres cifras son correctas y miden cosas distintas.

Lo que no sabían que tenían

Este es el hallazgo que más incomoda, y es donde la formación médica deja de notarse.

Se consideró un factor no reconocido cuando la exploración o la analítica lo demostraban y la persona ni lo declaraba ni tomaba tratamiento para él. Con esa definición, la hiperlipidemia no reconocida (colesterol LDL de 160 mg/dL o más) afectaba al 7,5% de los profesionales frente al 8,4% de los controles; la hipertensión no reconocida (presión sistólica de 140 mmHg o más), al 11,9% frente al 13,9%; y la diabetes no reconocida (hemoglobina glicada de 6,5% o más), al 0,4% en ambos grupos. Ninguna de las tres diferencias fue estadísticamente significativa.

El grado de conocimiento del propio factor, calculado entre quienes lo tenían demostrado o ya lo trataban, fue algo mayor sólo para la hiperlipidemia: 62,2% frente a 54,9%, una diferencia justo en el límite de la significación. Para la hipertensión fue prácticamente idéntico, y llamativamente bajo: 46,2%, es decir, más de la mitad de los sanitarios con hipertensión demostrada no lo sabía. Para la diabetes, el conocimiento fue alto en los dos grupos, en torno al 90%.

Dónde se rompe la cascada: el tratamiento

En prevención primaria, entre quienes cumplían criterios de guía para recibir tratamiento farmacológico, el uso de hipolipemiante fue similar en los dos grupos: 35 de 166 profesionales (21,1%) frente a 103 de 529 controles (19,5%). Pero en las otras dos ramas los profesionales estaban por detrás, y de forma clara: tomaban antihipertensivo 40 de 145 (27,6%) frente a 199 de 428 controles (46,5%), e hipoglucemiante 24 de 40 (60,0%) frente a 91 de 107 (85,0%).

En prevención secundaria, entre los que tenían enfermedad establecida, el 82,5% tomaba antihipertensivo, pero sólo el 41,4% (63 de 152) tomaba hipolipemiante y el 35,7% hipoglucemiante, este último sobre apenas 14 personas.

Los objetivos terapéuticos

Y aquí aparece una disociación interesante. Entre los que sí estaban tratados, los profesionales alcanzaban los objetivos mejor que los controles: el objetivo de colesterol LDL en el 57,5% frente al 32,0%, y el de presión sistólica en el 47,5% frente al 24,6%. El de hemoglobina glicada fue alto en ambos grupos.

Dicho de otro modo: el problema no parece estar tanto en el control del factor una vez que se empieza a tratar, sino en empezar. Cuando la pastilla está puesta, funciona; el escalón que se salta es el de ponerla.

Prevención primaria, entre los que cumplen criterio de guía Sanitarios Población general
Toma hipolipemiante 21,1% 19,5%
Toma antihipertensivo 27,6% 46,5%
Toma hipoglucemiante 60,0% 85,0%
En objetivo de colesterol LDL, entre los tratados 57,5% 32,0%
En objetivo de presión sistólica, entre los tratados 47,5% 24,6%

En prevención secundaria la cifra que resume la pieza es esta: de los 63 profesionales con enfermedad establecida que tomaban hipolipemiante, sólo 14 (22,2%) alcanzaban el objetivo de colesterol LDL por debajo de 55 mg/dL. El objetivo de presión sistólica lo alcanzaba el 45,9% y el de hemoglobina glicada, casi todos, aunque sobre once personas.

Puesto al lado del estudio EUROASPIRE VI, donde el 82,7% de los pacientes coronarios europeos está por encima del objetivo de colesterol LDL, el 77,8% de aquí no desentona en absoluto. Y eso es exactamente lo llamativo: en control lipídico tras un evento, los sanitarios no lo hacen mejor que sus pacientes. La brecha es la misma. Es la misma historia que ya conocíamos del mal control del colesterol LDL tras un infarto, ahora medida en quien firma las recetas.

El 9% de antiagregantes

El dato más difícil de explicar es la antiagregación. De los 152 profesionales con enfermedad aterosclerótica establecida, sólo 14 (9,2%) declaraban tomar un antiagregante. Al desglosarlo por tipo de enfermedad, la cifra se mantiene baja en todas las categorías: 1 de 13 en enfermedad cerebrovascular aislada, 2 de 8 en arteriopatía periférica aislada y 10 de 129 en el resto de enfermedad cardiovascular.

Los autores son prudentes al interpretarlo y hacen bien. Puede haber heterogeneidad en lo que cada uno entendió por «enfermedad cardiovascular» al autodeclararla, antecedentes de revascularización o de sangrado, anticoagulación oral concomitante, contraindicaciones, suspensiones indicadas por un médico o simple infradeclaración de la medicación. Con todo, y aun descontando todo eso, la cifra apunta a un hueco real.

Lo que estos números no pueden decir

Conviene ser explícito con la fuerza de los datos, porque varias de las cifras más comentables se apoyan en muestras pequeñas.

Participaron 1.366 de 28.723 asistentes, un 4,8%. Quienes acudieron eran más jóvenes y más frecuentemente mujeres que el conjunto del congreso, y participar era voluntario: pudo acudir tanto el más concienciado con su salud como el que tenía dudas sobre su riesgo, de modo que la dirección del sesgo no se conoce. La muestra es además mayoritariamente europea y con sobrerrepresentación de profesionales ya dedicados a la medicina cardiovascular, lo que probablemente hace que las brechas observadas sean una estimación conservadora del conjunto de los sanitarios.

La historia clínica y la medicación fueron autodeclaradas, la presión arterial se midió una sola vez y varios análisis de prevención secundaria descansan sobre denominadores de once, catorce o cuarenta personas. No hubo grupo control para la prevención secundaria, así que las cifras de ese apartado no se pueden contextualizar frente a la población general dentro del propio trabajo.

Y hay una limitación de fondo con la comparación. Los controles proceden de dos países, España y Dinamarca, y se reclutaron con una estrategia distinta de la de los profesionales, que venían de 98 países. El análisis de sensibilidad que restringe los sanitarios a esos dos países deja sólo 96 personas, con comparaciones que caen sobre puñados de participantes, así que no llega a resolver la duda. La comparación entre sanitarios y población general debe leerse como descriptiva, no como causal, y así lo dicen los propios autores.

Qué cambia en la práctica diaria

La lectura más útil de este trabajo no es la comparación con la población general, sino lo que dice sobre por qué falla la prevención en general.

Si el conocimiento médico y el acceso a la información fueran el cuello de botella, este colectivo debería tener una prevención impecable. No la tiene. Los factores de riesgo sin diagnosticar son igual de frecuentes que en cualquiera, y el tratamiento se inicia menos. Eso desplaza el foco: el problema no es de conocimiento, es de sistema. Carga de trabajo, ausencia de tiempo propio para el autocuidado, inercia clínica y una cultura profesional que empuja a resolverlo uno mismo y a no pedir cita explican bastante mejor los datos que cualquier déficit formativo.

De ahí sale la consecuencia práctica: los programas de prevención en el entorno laboral sanitario y las vías formales de atención preventiva funcionan mejor que confiar en que cada uno se autoevalúe y se automedique. Es exactamente lo contrario de lo que hacemos casi todos.

Hay además una dimensión que va más allá de la salud individual. Está descrito que los médicos con hábitos más saludables aconsejan más y mejor sobre prevención, y que sus pacientes se adhieren más a esas recomendaciones. Un profesional que no controla su propio riesgo no sólo se perjudica: probablemente también prescribe y aconseja peor.

Y luego está la parte incómoda de la lista de comprobación personal, que es la que de verdad se puede aplicar mañana. Si tienes más de cuarenta años, no recuerdas tu última cifra de colesterol LDL, no sabes tu presión arterial de esta semana y nunca te has medido la lipoproteína(a), estás en el grupo mayoritario de este trabajo. La prevención cardiovascular en los profesionales sanitarios no se arregla con una sesión clínica más: se arregla midiendo, tratando cuando corresponde y comprobando que el objetivo se alcanza, exactamente igual que se hace con los pacientes.

Mensajes clave

  • En el ESC Cardiovascular Health Check 2025, con 1.366 profesionales sanitarios, el exceso de peso fue el factor de riesgo modificable más frecuente (46,8%), seguido de hipertensión (23,2%), hiperlipidemia (22,7%) y lipoproteína(a) elevada (17,9%).
  • Los sanitarios tenían mejor perfil de riesgo y menos placa carotídea que la población general emparejada (21,8% frente a 31,7%), pero la proporción de hiperlipidemia, hipertensión y diabetes sin diagnosticar fue la misma en los dos grupos.
  • Más de la mitad de los sanitarios con hipertensión demostrada no sabía que la tenía: el grado de conocimiento fue del 46,2%, igual que en la población general.
  • En prevención primaria usaban menos antihipertensivo (27,6% frente a 46,5%) e hipoglucemiante (60,0% frente a 85,0%) del recomendado, aunque alcanzaban mejor los objetivos una vez tratados.
  • Con enfermedad cardiovascular establecida, sólo el 41,4% tomaba hipolipemiante, sólo el 9,2% antiagregante y sólo el 22,2% de los tratados alcanzaba el objetivo de colesterol LDL por debajo de 55 mg/dL.

Relevancia y aplicación clínica

Este trabajo no descubre una enfermedad nueva ni cambia un umbral. Lo que hace es quitar una excusa. Cuando un paciente no toma la estatina que le corresponde, la explicación habitual es que no lo entendió, que no le llegó la información o que no valoró el riesgo. Aquí, en un colectivo que entiende perfectamente el riesgo y que dispone de toda la información, ocurre casi lo mismo.

La consecuencia para la organización de la atención es directa: los sistemas de detección y de tratamiento tienen que ser automáticos, no depender de la iniciativa individual. Alertas en la historia clínica, circuitos de revisión programada, recordatorios de reevaluación tras un evento y protocolos de intensificación escalonada del tratamiento hipolipemiante trabajan a favor; el «ya me lo miraré yo» trabaja en contra, incluso cuando quien lo dice es cardiólogo.

Y merece la pena tomárselo también como una nota personal. La cifra que más debería incomodar no es la de la población general, es la del propio colectivo: uno de cada cinco profesionales con enfermedad cardiovascular establecida y tratamiento hipolipemiante puesto alcanza su objetivo. Es la misma brecha que llevamos años midiendo en los pacientes coronarios europeos.

La prevención cardiovascular en los profesionales sanitarios, tal como la retrata el ESC Cardiovascular Health Check 2025, no falla por desconocimiento sino por implementación. Medir el colesterol LDL, la presión arterial y la lipoproteína(a), aplicarse la misma tabla de riesgo que se le aplica al paciente de la consulta de al lado, y comprobar después que el objetivo se cumple: eso es lo que hay que hacer, y hoy no se está haciendo.

Preguntas frecuentes

¿Los profesionales sanitarios tienen menos riesgo cardiovascular que la población general?
Tienen menos factores de riesgo y menos aterosclerosis subclínica, sobre todo por el tabaquismo, mucho menos frecuente (12,0% frente a 45,1% de fumadores actuales o previos). Pero la proporción de factores sin diagnosticar es la misma y usan menos tratamiento preventivo del recomendado.

¿Cada cuánto debería medirse un médico su propio riesgo cardiovascular?
El trabajo no fija una periodicidad, pero aplica la misma lógica que a cualquier adulto: estimar el riesgo con SCORE2 a partir de los 40 años, medir el perfil lipídico, la presión arterial y la glucemia, y determinar la lipoproteína(a) al menos una vez en la vida.

¿Qué objetivo de colesterol LDL corresponde tras un evento cardiovascular?
Por debajo de 55 mg/dL, que es el que se aplicó en este trabajo a todos los participantes con enfermedad aterosclerótica establecida, por corresponderles la categoría de riesgo muy alto.

¿Por qué la cifra de aterosclerosis subclínica es tan distinta de la del estudio REACT?
Porque miden cosas distintas. Aquí se exploró sólo la carótida con ecografía, en los dos grupos, y salió un 21,8% en los sanitarios y un 31,7% en los controles. La cifra del 57,1% del estudio REACT incluye además arterias femorales y coronarias, con ecografía tridimensional y angiografía por tomografía computarizada.

Bibliografía recomendada

  1. Wenzl FA, Wang Y, Mass V, Stæger FF, Siedlinski M, Satish M, et al. Cardiovascular prevention among healthcare professionals: the ESC Congress Cardiovascular Health Check 2025. Eur Heart J. 2026;ehag736. PMID 42669131
  2. Wood DA, Jennings CS, Kotseva K, Adamska A, Erlund I, Ganly S, et al. ESC guidelines on prevention and rehabilitation in coronary heart disease and current practice: the EUROASPIRE VI survey. Eur Heart J. 2026;ehag741. PMID 42666091
  3. Bundgaard H, García-Lunar I, Kofoed KF, Hasselbalch R, Pérez-García CN, Kunkel JB, et al. Prevalence of silent atherosclerosis across adult life. N Engl J Med. 2026. PMID 42670946
  4. Visseren FLJ, Mach F, Smulders YM, Carballo D, Koskinas KC, Bäck M, et al. 2021 ESC Guidelines on cardiovascular disease prevention in clinical practice. Eur Heart J. 2021;42(34):3227-3337. PMID 34458905
  5. Mach F, Koskinas KC, Roeters van Lennep JE, Tokgözoğlu L, Badimon L, Baigent C, et al. 2025 Focused Update of the 2019 ESC/EAS Guidelines for the management of dyslipidaemias. Eur Heart J. 2025;46(42):4359-4378. PMID 40878289

 

Dr. Ramón Bover Freire

Ramón Bover Freire

Cardiólogo en el H. Clínico San Carlos de Madrid. Coordinador Unidad de Prevención y Rehabilitación Cardiaca. Diplomado en Estadística en Ciencias de la Salud por la Universidad Autónoma de Barcelona. ESADE Executive Education “Dirección de Servicios Integrados de Salud”.

@RamonBover

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