Estudio PERCEIVE: vacunación frente a la COVID-19 y riesgo cardiovascular en 2,4 millones de adultos

La vacunación frente a la COVID-19 y el riesgo cardiovascular posterior siguen siendo un asunto abierto cinco años después del inicio de la pandemia. Sabemos que la infección por SARS-CoV-2 deja una huella cardiovascular que dura meses y sabemos que la vacuna reduce la enfermedad grave. Lo que no estaba claro es cuánto de ese riesgo posterior se evita vacunando, si importa hacerlo antes o después de infectarse, y si lo que se gana se explica sólo por no haber pasado la infección. El estudio PERCEIVE, publicado en European Heart Journal - Quality of Care and Clinical Outcomes [1], intenta responder a las tres preguntas a la vez sobre 2.391.456 adultos del estado de Victoria, en Australia.

Es un trabajo grande, con hasta cinco años y medio de seguimiento y siete desenlaces cardiovasculares medidos por separado. Y es un trabajo prudente: sus autores insisten en que lo que describen son asociaciones y en que no deben leerse como prueba de un efecto cardioprotector directo de la vacuna. Merece la pena entender por qué lo dicen, porque ahí está la parte útil para la consulta.

En este artículo:

  1. Lo que sabíamos hasta ahora
  2. Cómo está construido el estudio PERCEIVE
  3. Cuánto menos riesgo cardiovascular, y en qué desenlaces
  4. El número de dosis y el tiempo transcurrido desde la última
  5. Vacunar después de haber pasado la infección
  6. Qué parte no se explica por haber evitado la infección
  7. Lo que este diseño no puede descartar
  8. Qué cambia en la práctica clínica

Lo que sabíamos hasta ahora

El punto de partida lo puso el trabajo de Xie y colaboradores sobre 153.760 supervivientes de COVID-19 en el sistema de salud de veteranos de Estados Unidos, comparados con 5.637.647 controles contemporáneos [2]. Al año de la infección había un exceso claro de casi todo: eventos cardiovasculares mayores con un cociente de riesgos de 1,55 (IC 95% 1,50-1,60) y 23,48 eventos de más por cada 1.000 personas, insuficiencia cardíaca 1,72 (1,65-1,80), fibrilación auricular 1,71 (1,64-1,79), embolia pulmonar 2,93 (2,73-3,15) y miocarditis 5,38 (3,80-7,59).

La segunda pieza llegó desde Europa. Un análisis sobre 10,17 millones de personas vacunadas y 10,39 millones sin vacunar de Reino Unido, España y Estonia encontró que la vacunación se asociaba a menos complicaciones cardíacas y tromboembólicas tras la infección, con más fuerza en los primeros 30 días (tromboembolia venosa 0,22 [0,17-0,29], trombosis arterial 0,53 [0,44-0,63], insuficiencia cardíaca 0,45 [0,38-0,53]) y de forma más discreta entre los 91 y los 180 días [3]. Con datos españoles dentro, conviene retenerlo.

Las guías europeas, en cambio, no se han comprometido. La guía ESC 2021 de prevención cardiovascular dedica un apartado a las infecciones y recuerda que el riesgo de infarto o ictus se multiplica por más de cuatro tras una infección respiratoria, con el máximo en los tres primeros días, pero no formula ninguna recomendación con clase ni nivel de evidencia sobre vacunación: la coloca en su lista de lagunas de conocimiento [4]. La guía ESC 2024 de síndromes coronarios crónicos da un paso más y menciona la inmunización frente a la gripe, la enfermedad neumocócica «y otras infecciones ampliamente extendidas, por ejemplo la COVID-19» en su tabla de consejo sobre estilo de vida, pero también sin clase de recomendación [5]. Aquí es donde aterriza este trabajo. En CardioTeca ya revisamos qué le pasa al pronóstico cardiovascular después de un ingreso por COVID-19.

Cómo está construido el estudio PERCEIVE

Es una cohorte poblacional retrospectiva construida enlazando registros administrativos de todo el estado de Victoria entre 2019 y 2025: notificaciones de PCR, ingresos hospitalarios, urgencias, cuidados intensivos, mortalidad y el registro australiano de inmunizaciones. Entraron 2.391.456 adultos, de los que 588.627 tuvieron una PCR positiva y 1.802.829 sólo negativas. La fecha índice es la primera PCR, positiva o negativa.

La cobertura vacunal era altísima en los dos grupos: 547.190 de los infectados (93,0%) y 1.690.964 de los no infectados (93,9%) habían recibido al menos una dosis. Es decir, los no vacunados son poco más del 6% de la cohorte, y una minoría particular: más mayores (60,2 ± 20,1 frente a 52,8 ± 20,4 años entre los infectados), con menos seguro privado (23,7% frente a 42,9%) y más concentrados en las áreas socioeconómicamente desfavorecidas (35,5% frente a 27,5%). Esa asimetría es la clave para leer todo lo que viene después.

Sobre esa cohorte se montaron tres análisis que responden a preguntas distintas y que no son intercambiables: una regresión de Cox con la vacunación como exposición dependiente del tiempo, un análisis de mediación causal para repartir el efecto entre lo que pasa por evitar la infección y lo que no, y una emulación de ensayo diana restringida a los infectados, con el momento cero fijado a los 28 días de la PCR positiva.

Cuánto menos riesgo cardiovascular, y en qué desenlaces

En la cohorte sin enfermedad cardiovascular previa, y con hasta cinco años y medio de seguimiento, la vacunación se asoció a menos riesgo en los siete desenlaces. Estos son los cocientes de riesgos ajustados, con la reducción absoluta y el número de personas que habría que vacunar para evitar un evento.

Desenlace Cociente de riesgos (IC 95%) Reducción absoluta Personas a vacunar
Eventos cardiovasculares mayores 0,76 (0,73-0,79) 0,262% 382
Insuficiencia cardíaca 0,72 (0,69-0,75) 0,340% 294
Ictus 0,77 (0,72-0,82) 0,186% 538
Infarto agudo de miocardio 0,83 (0,80-0,86) 0,114% 876
Fibrilación auricular 0,79 (0,75-0,83) 0,074% 1.354
Síndrome coronario agudo 0,90 (0,88-0,92) 0,084% 1.184
Tromboembolia venosa 0,93 (0,90-0,95) 0,056% 1.789

Fíjate en el orden de magnitud de la columna de la derecha. Estamos hablando de vacunar a entre 300 y 1.800 personas para evitar un evento a lo largo de cinco años y medio. Es una reducción real y consistente, pero pequeña en términos absolutos, como corresponde a una intervención poblacional aplicada a una población mayoritariamente sana.

Y hay un matiz que conviene no saltarse. Las tasas brutas, sin ajustar, cuentan la misma historia en la mayoría de los desenlaces (eventos mayores 18,58 frente a 11,59 por 1.000 personas-año en no vacunados y vacunados; insuficiencia cardíaca 15,74 frente a 8,44), pero no en todos: en síndrome coronario agudo son prácticamente idénticas (9,31 [8,97-9,66] frente a 9,43 [9,35-9,51]) y en fibrilación auricular casi (11,30 frente a 10,84). En esos dos desenlaces el beneficio aparece sólo después de ajustar por edad y comorbilidad, que es exactamente donde más difieren los dos grupos.

Las asociaciones fueron más fuertes cuanto mayor era el riesgo basal. Por edad, el cociente de riesgos para eventos mayores pasó de 0,70 (0,55-0,90) entre los 18 y los 34 años a 0,57 (0,52-0,61) por encima de los 75. Por carga de comorbilidad, de 0,80 (0,77-0,84) sin comorbilidad a 0,59 (0,51-0,68) con comorbilidad grave. Las dos interacciones fueron significativas. Por sexo no hubo diferencia: 0,69 (0,68-0,72) en varones y 0,71 (0,69-0,73) en mujeres.

El número de dosis y el tiempo transcurrido desde la última

Aquí aparecen los dos gradientes más interesantes del estudio PERCEIVE, y son de signo opuesto en cuanto a lo que sugieren.

El primero es el gradiente por dosis, y apunta a un efecto real. Con una sola dosis no se observó ninguna diferencia (0,99 [0,94-1,04] para eventos mayores). Con dos, el riesgo bajó a 0,80 (0,78-0,82). Con tres o más, a 0,62 (0,60-0,64), un 38% menos. El mismo escalón se mantuvo al tratar la muerte como riesgo competitivo (0,97, 0,79 y 0,61 respectivamente). Que el efecto no exista con una dosis y crezca de forma ordenada con la tercera es difícil de fabricar con un sesgo simple.

El segundo es el gradiente temporal, y da más que pensar. Tomando como referencia el tiempo sin vacunar, el cociente de riesgos para eventos cardiovasculares mayores fue de 0,67 (0,60-0,74) en los primeros 13 días tras la dosis, 0,75 (0,71-0,79) entre los días 14 y 89, 0,80 (0,75-0,84) entre 90 y 179, 0,87 (0,82-0,92) entre 180 y 364, y 0,94 (0,89-0,99) a partir del año. La protección aparente es máxima inmediatamente después de vacunarse y prácticamente ha desaparecido doce meses más tarde.

Vacunar después de haber pasado la infección

La pregunta con más interés práctico es la tercera: al paciente que ya ha pasado la COVID-19, ¿le sirve de algo vacunarse después? Para responderla, el estudio PERCEIVE emuló un ensayo diana sobre los 588.627 infectados, con el momento cero a los 28 días de la PCR positiva, ponderación por probabilidad de tratamiento y ponderación por probabilidad de censura para los que se vacunaban más tarde.

La respuesta fue que sí, y con una reducción absoluta comparable a la de vacunarse antes. En quienes no tenían enfermedad cardiovascular previa, vacunarse en los 28 días siguientes a la infección se asoció a un cociente de riesgos de 0,84 (0,80-0,88) para eventos cardiovasculares mayores, con una reducción absoluta del 0,24% y 417 personas a vacunar para evitar un evento. El resultado fue consistente en los siete desenlaces, con las asociaciones más marcadas en tromboembolia venosa (0,81 [0,76-0,86]), infarto e insuficiencia cardíaca (ambos 0,83 [0,78-0,89]).

Un aviso metodológico que los propios autores subrayan: los análisis de vacunación previa y posterior a la infección se hicieron en poblaciones distintas y con métodos distintos, así que las dos cifras (0,21% y 0,24% de reducción absoluta) no son comparables entre sí. No se puede concluir de aquí que dé igual vacunarse antes o después.

Qué parte no se explica por haber evitado la infección

El análisis de mediación es el que ha dado el titular del trabajo y también el que hay que leer con más cuidado. La idea es sencilla: si la vacuna evita eventos cardiovasculares porque evita infecciones, la infección debería explicar la mayor parte del efecto. Y no fue así. Del efecto total sobre eventos cardiovasculares mayores, una reducción absoluta del 0,21% (0,19-0,22), sólo el 32,03% (27,3-38,9) pasó por la infección; el 68% restante circuló por vías que el modelo no captura como infección.

La proporción mediada varió mucho según el desenlace, y eso es informativo: fue del 59,5% (50,6-70,5) en fibrilación auricular, del 40,7% (36,3-49,5) en infarto, del 23,3% (18,2-28,3) en ictus y de sólo el 10,4% (8,4-12,9) en insuficiencia cardíaca.

Ahora la letra pequeña, y es determinante. El modelo metió como mediadora únicamente la ocurrencia de una infección documentada por PCR, no su gravedad. La vacuna reduce las dos cosas. Todo lo que la vacuna consigue al convertir una neumonía en un catarro queda contabilizado, por construcción, como «no mediado por la infección». A eso hay que sumarle que las infecciones asintomáticas o no analizadas no entraron en ninguna parte, sobre todo en las oleadas tardías. El 68% no es, por tanto, la medida de un efecto cardioprotector propio de la vacuna: es lo que sobra después de descontar una definición estrecha de infección. Los autores lo escriben con todas las letras.

Lo que este diseño no puede descartar

El propio estudio PERCEIVE aporta la mejor prueba de su principal limitación. En un análisis de control negativo, los vacunados ya tenían menos enfermedad cardiovascular antes de infectarse: 8,4% frente al 10,1% de los no vacunados, una diferencia absoluta del 1,75% (1,59-1,91). Es el sesgo del vacunado sano, medido y publicado por los autores, que además señalan que su magnitud es modesta comparada con las asociaciones observadas.

Contra el resto de la confusión no medida, el trabajo ofrece dos defensas. Los valores E: para eventos cardiovasculares mayores, un factor de confusión desconocido tendría que asociarse tanto con vacunarse como con el desenlace con una fuerza equivalente a un cociente de riesgos de 1,96 para anular el resultado, y de 1,85 para llevar el intervalo de confianza hasta la unidad. Y el ajuste por otras vacunas respiratorias: al meter en el modelo la vacunación antigripal, neumocócica, antitosferínica o frente al virus respiratorio sincitial, el cociente de riesgos se movió entre 0,68 y 0,75, sin desaparecer.

Queda también un dato de seguridad que merece la pena registrar. En un análisis autocontrolado, comparando los 90 días previos y posteriores a cada evento dentro de la misma persona, los eventos cardiovasculares aumentaron después de la infección (de 1,92% a 3,05% en los no vacunados, con una razón de probabilidades de 1,83 [1,69-1,99], y de 2,22% a 2,59% en los vacunados, 1,27 [1,24-1,30]), pero no aumentaron de forma relevante después de la vacunación (de 1,42% a 1,50%, 1,07 [1,03-1,11]).

Y una limitación que afecta a la lectura de todos los cocientes de riesgos: la prueba global de riesgos proporcionales fue significativa, con la mayor desviación precisamente en la variable de vacunación durante el seguimiento inicial. Los autores lo reconocen y lo abordan modelando el tiempo desde la última dosis, pero significa que un único número resumen para cinco años y medio de seguimiento simplifica algo que no es constante.

Qué cambia en la práctica clínica

Lo que este trabajo cambia no es la indicación de vacunar, que ya estaba, sino el argumento que puedes usar en consulta y con qué firmeza.

  • El argumento cardiovascular es defendible, pero es de segundo orden. Vacunar a 382 personas durante cinco años y medio para evitar un evento cardiovascular mayor no es lo que sostiene una campaña de vacunación. Lo que la sostiene sigue siendo evitar la enfermedad grave y la muerte por COVID-19. El beneficio cardiovascular es un añadido razonable, no la razón principal.
  • Donde sí es un argumento de peso es en el paciente mayor y pluripatológico. La asociación fue más fuerte en los mayores de 75 años y en quienes tenían comorbilidad grave, que es el mismo patrón que se observó en el análisis más reciente sobre la vacuna de la temporada 2024-2025 en veteranos estadounidenses, donde la protección frente a eventos cardiovasculares asociados a la COVID-19 sólo fue significativa por encima de los 75 años [6]. Si tienes que priorizar, ahí está el rendimiento.
  • El gradiente temporal admite dos lecturas, y sólo una la firman los autores. Los autores lo interpretan como una protección que se atenúa. Pero un cociente de riesgos de 0,67 en los 13 primeros días tras la dosis, sobre desenlaces tan duros como infarto, ictus o muerte cardiovascular, es difícil de explicar por un mecanismo biológico que actúe en dos semanas. Encaja igual de bien, o mejor, con quién se vacuna en cada momento: los pacientes muy frágiles, en fase final de enfermedad o ingresados, no acuden a vacunarse. Con el sesgo del vacunado sano ya documentado en el propio trabajo, esta lectura alternativa no es una objeción teórica.
  • El gradiente por dosis, en cambio, aguanta mejor. Que con una dosis no se vea nada y con tres o más el riesgo baje un 38% es un patrón que un sesgo de selección simple no genera con facilidad, y se mantuvo al tratar la muerte como riesgo competitivo.
  • Al paciente que ya ha pasado la COVID-19, vacunarle después sigue teniendo sentido. Es probablemente el resultado con más aplicación directa, y el que más a menudo se plantea en consulta cuando alguien pregunta si «ya no le hace falta» porque acaba de pasarla.

Sobre la comparación entre plataformas, el trabajo incluye un análisis exploratorio en el que las vacunas de vector viral se asociaron a un riesgo algo menor de eventos mayores que las de ARN mensajero (0,88 [0,86-0,89]). Las dos se asociaron a menos riesgo que no vacunarse, y la diferencia entre ellas está atravesada por el calendario de despliegue y por quién recibió cada una en cada momento. No es un dato con el que elegir vacuna.

Mensajes clave

  • En 2,4 millones de adultos australianos, la vacunación frente a la COVID-19 se asoció a menos eventos cardiovasculares mayores tras la infección: cociente de riesgos 0,76 (0,73-0,79), con una reducción absoluta del 0,26% y 382 personas a vacunar para evitar un evento en cinco años y medio.
  • El efecto siguió un gradiente por dosis: nulo con una dosis, 0,80 con dos y 0,62 con tres o más.
  • Vacunarse después de haber pasado la infección también se asoció a menos eventos: 0,84 (0,80-0,88), con 417 personas a vacunar. Es el resultado con más aplicación directa en consulta.
  • Sólo un tercio de la asociación pasó por haber evitado la infección, pero el modelo no incluyó la gravedad de la infección como mediadora, así que ese 68% restante no mide un efecto cardioprotector propio de la vacuna.
  • Es un estudio observacional con sesgo del vacunado sano documentado por sus propios autores, que piden expresamente que no se lea como prueba de causalidad.

Relevancia y aplicación clínica

La utilidad de este trabajo no está en el titular sino en la escala. Convierte una asociación que ya se intuía en cifras absolutas que puedes poner sobre la mesa: entre 294 y 1.789 personas a vacunar según el desenlace, a lo largo de cinco años y medio, en una población mayoritariamente joven y sana. Con esos números delante, la conversación con el paciente cambia de tono y gana honestidad.

El rendimiento aparece donde el riesgo basal es alto. En el mayor de 75 años, en el pluripatológico, en quien tiene insuficiencia cardíaca o enfermedad coronaria establecida, la reducción relativa fue mayor y la absoluta también. Ahí la vacunación entra en el mismo cajón mental que la vacunación antigripal en el paciente con insuficiencia cardíaca, y encaja con lo que ya recogemos al hablar de prevención de la insuficiencia cardíaca desde una perspectiva cardiovascular, renal y metabólica.

Conviene también saber lo que no aporta. No aporta una recomendación con clase: ni la guía ESC 2021 de prevención cardiovascular ni la guía ESC 2024 de síndromes coronarios crónicos formulan una, y el calendario que siguieron estos pacientes es el australiano, con sus propios criterios de edad y riesgo, que no se traslada al español. Tampoco aporta causalidad, y sería un error venderla. Lo que la vacunación frente a la COVID-19 aporta al riesgo cardiovascular, según el estudio PERCEIVE, es una reducción pequeña, consistente en siete desenlaces, dependiente de la dosis y concentrada en el paciente de más edad y más enfermo. Con eso basta para seguir recomendándola, sin necesidad de prometer más.

Preguntas frecuentes

¿La vacuna de la COVID-19 protege el corazón?
Se asocia a menos eventos cardiovasculares tras la infección, pero eso no prueba un efecto protector directo sobre el corazón. La explicación más probable es que evita infecciones y, sobre todo, infecciones graves, que son las que dañan el sistema cardiovascular.

Si ya he pasado la COVID-19, ¿me sigue sirviendo vacunarme?
Los datos apuntan a que sí. Vacunarse en las cuatro semanas siguientes a la infección se asoció a un 16% menos de eventos cardiovasculares mayores en los meses posteriores, con una magnitud parecida a la de haberse vacunado antes.

¿Cuántas dosis hacen falta para que se vea el beneficio cardiovascular?
En este trabajo, con una sola dosis no se observó ninguna diferencia. Con dos empezó a verse, y con tres o más el riesgo de eventos mayores fue un 38% menor. El calendario concreto depende de la edad y del riesgo de cada paciente, y en España lo fija la estrategia de vacunación vigente.

¿Puede la vacuna provocar problemas cardíacos?
En este trabajo, comparando los 90 días anteriores y posteriores dentro de la misma persona, los eventos cardiovasculares no aumentaron de forma relevante después de vacunarse, mientras que sí aumentaron claramente después de infectarse. El riesgo conocido de miocarditis tras las vacunas de ARN mensajero es raro y no se evaluó específicamente aquí.

Bibliografía recomendada

  1. Seboka BT, Magliano DJ, Marwick TH, Huynh Q. COVID-19 vaccination and risk of post-COVID-19 cardiovascular disease: a population-based cohort and target trial emulation study. Eur Heart J Qual Care Clin Outcomes. 2026 Aug 30. PMID 42669064
  2. Xie Y, Xu E, Bowe B, Al-Aly Z. Long-term cardiovascular outcomes of COVID-19. Nat Med. 2022;28(3):583-590. PMID 35132265
  3. Mercadé-Besora N, Li X, Kolde R, Trinh NT, Sanchez-Santos MT, Man WY, et al. The role of COVID-19 vaccines in preventing post-COVID-19 thromboembolic and cardiovascular complications. Heart. 2024;110(9):635-643. PMID 38471729
  4. Visseren FLJ, Mach F, Smulders YM, Carballo D, Koskinas KC, Bäck M, et al. 2021 ESC Guidelines on cardiovascular disease prevention in clinical practice. Eur Heart J. 2021;42(34):3227-3337. PMID 34458905
  5. Vrints C, Andreotti F, Koskinas KC, Rossello X, Adamo M, Ainslie J, et al. 2024 ESC Guidelines for the management of chronic coronary syndromes. Eur Heart J. 2024;45(36):3415-3537. PMID 39210710
  6. Cai M, Xie Y, Al-Aly Z. 2024-2025 COVID-19 vaccine and major adverse cardiovascular events among US veterans. JAMA Intern Med. 2026;186(8):988-999. PMID 42295793

 

Dr. Ramón Bover Freire

Ramón Bover Freire

Cardiólogo en el H. Clínico San Carlos de Madrid. Coordinador Unidad de Prevención y Rehabilitación Cardiaca. Diplomado en Estadística en Ciencias de la Salud por la Universidad Autónoma de Barcelona. ESADE Executive Education “Dirección de Servicios Integrados de Salud”.

@RamonBover

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