Cuatro de cada diez pacientes ya tienen enfermedad cardiovascular al diagnosticarse un cáncer

Cuando un paciente recibe un diagnóstico de cáncer, la conversación se centra en el tumor. Pero cada vez con más frecuencia ese paciente llega con un corazón que ya tiene historia propia. Un trabajo poblacional publicado en European Heart Journal [1] ha cuantificado por primera vez cómo ha evolucionado la enfermedad cardiovascular al diagnóstico de cáncer a lo largo de veinte años, y hacia dónde se dirige.

El resultado interesa tanto al cardiólogo como al oncólogo, al internista y al médico de familia: la comorbilidad cardiovascular ya no es un detalle del historial, sino un factor que condiciona qué tratamiento oncológico se puede ofrecer y con qué margen de seguridad.

En este artículo:

  1. Lo que sabíamos hasta ahora
  2. Cómo se midió la carga cardiovascular
  3. Del 31% al 39% en dos décadas
  4. Lo que crece no es la enfermedad coronaria
  5. Diferencias por tumor, sexo y desigualdad social
  6. Qué hay detrás del aumento
  7. Hacia 2050: la proyección y sus límites
  8. Qué cambia en la práctica diaria

Lo que sabíamos hasta ahora

La cardio-oncología ha crecido mirando hacia delante: qué le pasa al corazón después de la quimioterapia, de la radioterapia o de los anticuerpos dirigidos. Sabemos que los supervivientes de 18 de los 20 cánceres más frecuentes tienen más riesgo de enfermedad tromboembólica venosa que la población de referencia, y que el riesgo de insuficiencia cardíaca o miocardiopatía está elevado tras diez tipos de tumor, con cocientes de riesgos que llegan a 3,29 (IC 95% 2,59–4,18) en el mieloma múltiple [3].

También sabemos que la relación va en los dos sentidos. En más de 27 millones de personas sin cáncer al inicio, tener enfermedad cardiovascular se asoció a un 13% más de probabilidad de desarrollar un cáncer (HR 1,13; IC 95% 1,12–1,13), y la señal fue más intensa en la enfermedad cardiovascular aterosclerótica (HR 1,20; IC 95% 1,19–1,21) [5]. Y en supervivientes mayores de 80 años, la mortalidad cardiovascular supera a la del tumor primario entre 2 y 11 años después del diagnóstico [4].

Lo que faltaba era la fotografía del punto de partida: cuánta enfermedad cardiovascular hay ya en el momento cero, el día del diagnóstico oncológico, y si esa cifra está cambiando. Sin ese dato no se puede dimensionar un servicio de cardio-oncología ni anticipar qué proporción de pacientes va a necesitar una evaluación cardiológica antes de empezar el tratamiento.

Cómo se midió la carga cardiovascular

El trabajo cruzó historias clínicas de atención primaria, altas hospitalarias, registro nacional de cáncer y datos de mortalidad y privación socioeconómica de Inglaterra. Con ese cruce identificó a 773.590 adultos con un primer diagnóstico de uno de los cinco cánceres más frecuentes entre 2001 y 2020: mama, próstata, pulmón, colorrectal y hematológicos.

El diseño es de análisis transversales seriados: cada año natural se trató como un corte independiente, lo que permite ver la tendencia sin depender del seguimiento posterior. La edad media al diagnóstico fue de 70,1 años (±13,3) y se mantuvo estable durante los veinte años. La ventana de historial disponible antes del diagnóstico tuvo una mediana de 17,9 años, así que la búsqueda de antecedentes cardiovasculares fue razonablemente exhaustiva.

La variable principal fue una combinación de infarto agudo de miocardio, fibrilación auricular, ictus (isquémico, hemorrágico o accidente isquémico transitorio), insuficiencia cardíaca, enfermedad arterial periférica y valvulopatía, registrada en cualquier momento anterior a la fecha del diagnóstico oncológico. La diabetes se analizó aparte, para no sobreajustar. Los diagnósticos cardiovasculares registrados el mismo día que el cáncer, un 2,45% de la cohorte, no se contaron como previos porque las bases de datos no permiten ordenarlos dentro del día.

Del 31% al 39% en dos décadas

En conjunto, el 36,2% de los pacientes tenía enfermedad cardiovascular en el momento del diagnóstico oncológico: 279.924 personas. Y la cifra no se ha quedado quieta. Estandarizada por edad, pasó del 31,4% (IC 95% 31,2–31,6) en 2001-2005 al 39,2% (IC 95% 39,0–39,4) en 2016-2020.

El ajuste por edad importa mucho aquí, porque descarta la explicación fácil. La edad media al diagnóstico no cambió en veinte años, así que el aumento no se debe a que ahora el cáncer se diagnostique en gente mayor: refleja un cambio real en la salud cardiovascular de quien recibe ese diagnóstico. En el modelo ajustado por edad, sexo y tipo de tumor, cada año natural sumó un 2,4% a las probabilidades de tener enfermedad cardiovascular previa (OR 1,024; IC 95% 1,024–1,025).

La multimorbilidad cardiovascular subió todavía más deprisa. La proporción de pacientes con dos o más enfermedades cardiovasculares previas casi se duplicó, del 10,1% en 2001-2005 al 18,1% en 2016-2020. Y la carga general de comorbilidad, medida con un índice de Charlson modificado que excluye las neoplasias, se triplicó: del 8,4% al 24,1% de pacientes con puntuación de 3 o más.

Lo que crece no es la enfermedad coronaria

Este es el hallazgo con más consecuencias prácticas, porque el aumento no es homogéneo. Lo que crece no es la enfermedad coronaria clásica.

Por orden de velocidad de crecimiento anual: valvulopatía (OR 1,070; IC 95% 1,068–1,072), insuficiencia cardíaca (OR 1,060; IC 95% 1,058–1,062) y fibrilación auricular (OR 1,029; IC 95% 1,025–1,033). Muy por detrás quedan el ictus (OR 1,018; IC 95% 1,013–1,022) y el infarto de miocardio (OR 1,009; IC 95% 1,004–1,014), cuyas curvas se aplanan. La diabetes creció más rápido que el conjunto cardiovascular (OR 1,046; IC 95% 1,045–1,047).

En cifras absolutas estandarizadas por edad, entre el primer y el último periodo la valvulopatía pasó del 2,6% al 7,1%, la insuficiencia cardíaca del 6,9% al 13,6%, la fibrilación auricular del 8,1% al 12,6% y la diabetes del 9,7% al 17,9%. El infarto apenas se movió, del 7,0% al 8,1%.

La lectura es coherente con lo que ha pasado en la población general: la prevención secundaria y el tratamiento del episodio agudo han funcionado en la enfermedad aterosclerótica, y el precio del éxito es una población que sobrevive para desarrollar valvulopatía degenerativa, fibrilación auricular e insuficiencia cardíaca. El cáncer no crea esa transición, la hereda.

Diferencias por tumor, sexo y desigualdad social

Por localización tumoral, el cáncer de pulmón encabeza la carga con un 43,9% de enfermedad cardiovascular previa, seguido de los hematológicos (37,9%), el colorrectal (35,4%), el de próstata (34,4%) y el de mama (29,9%). El pulmón también tuvo la subida más rápida (OR anual 1,034; IC 95% 1,033–1,036), y la próstata la más lenta (OR 1,016; IC 95% 1,015–1,018), con interacción significativa entre año y tipo de tumor (p<0,001).

Por sexo, los varones mantienen más prevalencia que las mujeres tras estandarizar por edad: 38,6% frente a 33,5%, con las mayores diferencias en infarto, fibrilación auricular e insuficiencia cardíaca, y prácticamente ninguna en enfermedad arterial periférica. Que el cáncer de mama sea el de menor carga cardiovascular previa no lo convierte en un tumor de bajo riesgo cardiológico, porque ahí el problema llega después con el tratamiento: tienes el detalle en cardio-oncología en el cáncer de mama.

El gradiente socioeconómico es nítido y merece atención. La prevalencia de enfermedad cardiovascular subió del 34,0% en el quintil menos desfavorecido al 39,5% en el más desfavorecido, con brechas mayores en infarto (6,5% frente a 9,7%), ictus (6,3% frente a 8,7%), insuficiencia cardíaca (8,4% frente a 10,9%) y, sobre todo, diabetes (11,4% frente a 18,1%). La fibrilación auricular y la valvulopatía apenas variaron entre quintiles, lo que encaja con que dependen menos del factor de riesgo modificable y más de la edad.

Qué hay detrás del aumento

Para averiguarlo, los autores fueron añadiendo bloques de variables al modelo y observando cuánto se atenuaba el efecto del año natural. Partiendo de un OR anual bruto de 1,022, el ajuste por demografía completa y tipo de tumor no lo redujo, sino que lo reforzó ligeramente (1,025): la composición de la población apenas ha cambiado.

El bloque que más aplanó la tendencia fue el cardiometabólico, es decir, diabetes, obesidad, hipertensión arterial y dislipidemia (OR 1,013). Las comorbilidades sistémicas crónicas, como la enfermedad renal crónica y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, también atenuaron (OR 1,015). Los factores conductuales apenas aportaron nada por encima de la demografía (OR 1,023). Con todos los bloques a la vez, el efecto del año prácticamente desapareció (OR 1,005).

Dicho en corto: la enfermedad cardiovascular que llega al diagnóstico de cáncer está creciendo en gran medida porque está creciendo el sustrato cardiometabólico. La obesidad pasó del 14,1% al 30,9% de esta población entre el primer y el último periodo, y la dislipidemia del 17,7% al 36,9%.

Hay además una noticia razonablemente buena. El ritmo de aumento se frenó a partir de 2011: en el modelo segmentado, el OR anual fue 1,039 (IC 95% 1,032–1,044) entre 2001 y 2010 y bajó a 1,010 (IC 95% 1,004–1,016) entre 2011 y 2020, con p<0,001 para el cambio de pendiente. La desaceleración se vio en todos los tipos de tumor.

Hacia 2050: la proyección y sus límites

Extendiendo el modelo con splines cúbicos restringidos, la prevalencia de enfermedad cardiovascular al diagnóstico de cáncer alcanzaría el 43,5% en 2030, el 46,1% en 2040 y el 48,7% en 2050. Es decir, prácticamente uno de cada dos pacientes.

Lo interesante no es tanto el total como el reparto. Estas son las proyecciones por enfermedad, comparadas con lo observado en 2020:

Enfermedad 2020 (observado) 2050 (proyectado, IC 95%)
Valvulopatía 7,6% 24,6% (22,0–27,2)
Insuficiencia cardíaca 14,2% 28,4% (23,7–33,2)
Enfermedad arterial periférica 22,2% 28,4% (26,7–30,0)
Fibrilación auricular 12,6% 16,5% (15,0–18,0)
Infarto de miocardio 8,1% 9,6% (8,4–10,6)
Ictus 8,1% 8,5% (7,5–9,5)
Diabetes 18,4% 35,1% (33,0–37,1)

Conviene leer estas cifras con la cautela que los propios autores piden. La proyección asume que la composición demográfica se mantiene estable y que las tendencias observadas continúan, y no incorpora ni los cambios en las vías diagnósticas del cáncer ni el efecto de terapias cardioprotectoras futuras.

Y hay una cifra concreta que conviene no repetir sin matizarla: la de insuficiencia cardíaca es la proyección más frágil de todas. Cambiando la posición del último nudo del modelo, la prevalencia estimada para 2050 oscila entre el 28,4% y el 56,2%. Los autores se quedan con la más conservadora por mejor ajuste estadístico, pero la horquilla es enorme y así hay que contarla. Para el compuesto cardiovascular, en cambio, el mismo ejercicio movió la cifra de 2050 sólo entre el 48,7% y el 50,3%: ahí la proyección es sólida.

Qué cambia en la práctica diaria

La guía ESC 2022 de cardio-oncología ya recomienda estratificar el riesgo de toxicidad cardiovascular en todos los pacientes con cáncer antes de iniciar un tratamiento potencialmente cardiotóxico, con recomendación de clase I y nivel de evidencia B, y derivar a cardiología a los de riesgo alto y muy alto (clase I, nivel C) [2]. Puedes consultar el detalle de esas recomendaciones en la guía clínica interactiva de cardio-oncología ESC 2022.

Lo que aportan estos datos es la escala del problema. Si cuatro de cada diez pacientes ya cumplen de entrada un criterio de riesgo por enfermedad cardiovascular establecida, la evaluación cardiológica previa deja de ser una consulta puntual y se convierte en un cuello de botella asistencial. En el primer servicio de cardio-oncología del Reino Unido, las derivaciones pasaron de 4,5 pacientes al mes en 2011 a 23 en 2021, y el 39,0% de ellas fueron ya para evaluación previa al tratamiento, no para tratar una toxicidad establecida [6].

El cambio de perfil obliga además a revisar qué se busca en esa evaluación. Un paciente que llega con valvulopatía o con insuficiencia cardíaca no plantea el mismo problema que uno con cardiopatía isquémica estable: condiciona la tolerancia hemodinámica al tratamiento, la elección del esquema y la decisión sobre cirugía oncológica. Si la valvulopatía va a triplicarse hasta el 24,6% en 2050 y la coronaria se mantiene plana, el contenido de la consulta de cardio-oncología va a cambiar aunque no lo haga el volumen.

Hay también una oportunidad de prevención integrada que el trabajo señala con acierto. El cribado de cáncer de pulmón con el TC de baja dosis se está expandiendo, y en esa población la carga cardiovascular es la más alta de todas: el mismo TC permite valorar oportunistamente el calcio coronario y sirve de puerta de entrada para la deshabituación tabáquica. Sobre esta convergencia entre prevención oncológica y cardiovascular puedes leer también cardio-oncología en acción: cómo reducir a la vez el riesgo de cáncer y el cardiovascular.

Un apunte final de método que conviene tener presente al leer estos datos en clave española. La insuficiencia cardíaca se identificó únicamente a partir de registros de atención primaria en el 46,6% de los casos, y la enfermedad arterial periférica en el 59,5%. Sin acceso a la historia de primaria, buena parte de esta carga no se ve. En una consulta hospitalaria de cardio-oncología, preguntar y revisar el historial de primaria no es un trámite: es donde está casi la mitad del diagnóstico.

Mensajes clave

  • La enfermedad cardiovascular al diagnóstico de cáncer subió del 31,4% al 39,2% entre 2001-2005 y 2016-2020 en Inglaterra, con la edad al diagnóstico estable, así que el aumento es real y no un efecto del envejecimiento de la población.
  • Lo que crece no es la enfermedad coronaria: valvulopatía, insuficiencia cardíaca y fibrilación auricular son las que tiran de la curva, mientras el infarto y el ictus se aplanan.
  • El motor del aumento es cardiometabólico. Al ajustar por diabetes, obesidad, hipertensión arterial y dislipidemia, la tendencia temporal casi desaparece.
  • El cáncer de pulmón concentra la mayor carga cardiovascular previa (43,9%) y el de mama la menor (29,9%), con un gradiente socioeconómico claro en infarto, ictus, insuficiencia cardíaca y diabetes.
  • Si la tendencia continúa, en 2050 casi la mitad de los pacientes llegará al diagnóstico oncológico con enfermedad cardiovascular. La proyección del conjunto es robusta; la de insuficiencia cardíaca, no.

Relevancia y aplicación clínica

Estos son datos ingleses, obtenidos en un sistema con historia clínica vinculada entre primaria, hospital y registro de cáncer. Los propios autores acotan su validez a entornos de renta alta con estructura poblacional y sistemas de datos comparables, y advierten de que la estabilidad del infarto y el ictus que observan no es extrapolable a países de renta media y baja, donde la cardiopatía isquémica sigue siendo el principal motor de mortalidad cardiovascular.

Dicho eso, la dirección del fenómeno sí es reconocible en España y en buena parte de Latinoamérica: envejecimiento, aumento sostenido de obesidad y diabetes, mejor supervivencia tras el episodio coronario y más supervivencia oncológica. Las tendencias globales de carga combinada de enfermedad cardiovascular y cáncer apuntan al mismo sitio y sitúan la hipertensión arterial, los riesgos dietéticos y el tabaco como los factores compartidos dominantes hasta 2050 [7].

Lo que este trabajo cambia en tu consulta es el punto de partida mental. Ante un paciente recién diagnosticado de cáncer, la pregunta útil ya no es si tendrá algún problema cardiovascular durante el tratamiento, sino cuál trae puesto. La respuesta será que sí en cerca de cuatro de cada diez, y con una probabilidad creciente de que sea valvulopatía, insuficiencia cardíaca o fibrilación auricular antes que cardiopatía isquémica. Anticipar la evaluación de la enfermedad cardiovascular al diagnóstico de cáncer, con acceso al historial de atención primaria y con la estratificación de riesgo que recomienda la guía, es hoy la intervención con más recorrido en cardio-oncología.

Preguntas frecuentes

¿Qué porcentaje de pacientes con cáncer tiene ya enfermedad cardiovascular al diagnóstico?
En esta población inglesa de 773.590 adultos, el 36,2% del conjunto y el 39,2% en el periodo más reciente (2016-2020), tras estandarizar por edad. En cáncer de pulmón la cifra alcanza el 43,9%.

¿Qué enfermedad cardiovascular está aumentando más entre los pacientes con cáncer?
La valvulopatía, con diferencia, seguida de la insuficiencia cardíaca y la fibrilación auricular. El infarto de miocardio y el ictus se han mantenido casi estables durante los veinte años analizados.

¿Hay que hacer una evaluación cardiológica antes de empezar el tratamiento oncológico?
La guía ESC 2022 de cardio-oncología recomienda estratificar el riesgo de toxicidad cardiovascular en todos los pacientes antes de un tratamiento potencialmente cardiotóxico (clase I, nivel de evidencia B) y derivar a cardiología a los de riesgo alto y muy alto (clase I, nivel C).

¿Se pueden aplicar estos datos a España?
La dirección sí, la magnitud con cautela. Proceden de un sistema sanitario con historia clínica vinculada entre atención primaria, hospital y registro de cáncer, y los autores limitan su validez a entornos de renta alta con estructura poblacional similar.

Bibliografía recomendada

  1. Alshahrani AA, Kontopantelis E, Morgan C, Martin GP, Ravindrarajah R, Evison M, et al. Cardiovascular disease burden at cancer diagnosis: temporal trends in a national study from England. Eur Heart J. 2026;ehag626. PMID 42669566
  2. Lyon AR, López-Fernández T, Couch LS, Asteggiano R, Aznar MC, Bergler-Klein J, et al. 2022 ESC Guidelines on cardio-oncology developed in collaboration with the European Hematology Association (EHA), the European Society for Therapeutic Radiology and Oncology (ESTRO) and the International Cardio-Oncology Society (IC-OS). Eur Heart J. 2022;43(41):4229-4361. PMID 36017568
  3. Strongman H, Gadd S, Matthews A, Mansfield KE, Stanway S, Lyon AR, et al. Medium and long-term risks of specific cardiovascular diseases in survivors of 20 adult cancers: a population-based cohort study using multiple linked UK electronic health records databases. Lancet. 2019;394(10203):1041-1054. PMID 31443926
  4. Strongman H, Gadd S, Matthews AA, Mansfield KE, Stanway S, Lyon AR, et al. Does cardiovascular mortality overtake cancer mortality during cancer survivorship? An English retrospective cohort study. JACC CardioOncol. 2022;4(1):113-123. PMID 35492818
  5. Bell CF, Lei X, Haas A, Baylis RA, Gao H, Luo L, et al. Risk of cancer after diagnosis of cardiovascular disease. JACC CardioOncol. 2023;5(4):431-440. PMID 37614573
  6. Andres MS, Murphy T, Poku N, Nazir MS, Ramalingam S, Baksi J, et al. The United Kingdom's first cardio-oncology service: a decade of growth and evolution. JACC CardioOncol. 2024;6(2):310-312. PMID 38774020
  7. Koo CY, Chong B, Jayabaskaran J, Nagarajan S, Jauhari SM, Chen Y, et al. Global trends and forecast of cardiovascular diseases, cancer, and shared risk factors: insights from the GBD 2021. J Am Heart Assoc. 2025;14(21):e043629. PMID 41147370

 

Dr. Ramón Bover Freire

Ramón Bover Freire

Cardiólogo en el H. Clínico San Carlos de Madrid. Coordinador Unidad de Prevención y Rehabilitación Cardiaca. Diplomado en Estadística en Ciencias de la Salud por la Universidad Autónoma de Barcelona. ESADE Executive Education “Dirección de Servicios Integrados de Salud”.

@RamonBover

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