Síndrome CKM: ¿por qué el paciente de más riesgo es el peor controlado?

Relevancia clínica

El síndrome cardiovascular-renal-metabólico (CKM), formalizado por la American Heart Association en su recomendación presidencial de 2023, puso nombre a una realidad que en la consulta manejamos a diario: la hipertensión, la diabetes, la dislipemia y la enfermedad renal no son patologías independientes que coinciden por azar, sino expresiones de una misma entidad. Se retroalimentan y, en conjunto, explican una fracción considerable del exceso de mortalidad cardiovascular en nuestro entorno.

Hasta ahora, la literatura sobre esta población se había ocupado sobre todo de cuantificar su prevalencia o de estimar a cuántos pacientes eran candidatos a determinadas terapias farmacológicas. Sin embargo, este trabajo del JACC formula la pregunta verdaderamente importante para el clínico: más allá de quién es candidato, ¿a quién estamos tratando? Y, sobre todo de estos, ¿a quién estamos controlando?

Diseño del estudio

El diseño es sólido en su sencillez. Los autores de este estudio han analizado los datos de la encuesta NHANES en EE. UU. entre 2015 y agosto de 2023. Seleccionaron una muestra representativa de 6.384 adultos con estadio CKM ≥2 (desde factores de riesgo metabólicos o enfermedad renal hasta enfermedad cardiovascular establecida).

El análisis se estandarizó cuidadosamente por edad y sexo, estimando dos desenlaces encadenados:

  1. La tasa de tratamiento de hipertensión, diabetes e hiperlipidemia.
  2. La tasa de control real entre quienes ya reciben dicho tratamiento farmacológico.

Toda la cohorte fue estratificada según su riesgo cardiovascular predicho a 10 años mediante las ecuaciones PREVENT (Predicting Risk of CVD EVENTs), lo que permite evaluar el comportamiento de las tasas de control a lo largo de todo el espectro de riesgo del paciente.

Resultados principales

Los resultados generales del registro muestran una inercia asistencial y una marcada falta de control de los factores de riesgo:

  • Hipertensión: Solo el 51,3% de los pacientes recibe tratamiento, y entre los tratados, apenas el 44,7% logra un control efectivo de las cifras tensionales.
  • Hiperlipidemia: El 48,8% está bajo tratamiento farmacológico, pero el control lipídico óptimo se queda en el 68,2% de ellos.
  • Diabetes: Presenta la mayor tasa de tratamiento (83,4%), pero el control glucémico se reduce a un alarmante 47,3% de los pacientes tratados.

Sin embargo, el hallazgo más disruptivo del artículo surge al cruzar estos datos con el riesgo estimado a 10 años por las ecuaciones PREVENT. Los autores objetivaron una paradoja clínica de enorme impacto: por cada incremento del 5% en el riesgo cardiovascular predicho a 10 años, la probabilidad de recibir tratamiento antihipertensivo aumentaba de forma ordenada un 18% (RR: 1,18) en adultos sin enfermedad cardiovascular establecida; pero, de manera inversa, la probabilidad de tener la presión arterial bien controlada disminuía un 4% por cada escalón de riesgo (RR: 0,96). Es decir, a mayor riesgo estimado del paciente, más fármacos pautamos, pero peor es el control de la presión arterial y la glucemia que alcanzamos.

Brechas de equidad y disparidades sociodemográficas

El análisis desvela también profundas brechas de equidad en salud:

  • Adultos jóvenes (20-44 años): Mostraron las tasas de tratamiento más bajas y preocupantes, con solo un 27,6% en hipertensión y un 19,7% en hiperlipidemia.
  • Sesgo de sexo: Las mujeres tuvieron una menor probabilidad estadística de recibir tratamiento para la diabetes y la dislipemia en comparación con los hombres.
  • Disparidad étnica: La población hispana registró sistemáticamente los niveles de tratamiento más deficientes en hipertensión e hiperlipidemia, además del peor control glucémico global de la muestra.

Limitaciones del estudio

Al evaluar la aplicabilidad de estos hallazgos, es preciso reconocer las limitaciones inherentes al diseño de la investigación. Al fundamentarse en la encuesta NHANES, los datos poseen un carácter transversal que impide establecer causalidades temporales directas entre la evolución del riesgo y el fracaso en el control de las comorbilidades.

Asimismo, la dependencia de variables autorreportadas introduce un potencial sesgo de memoria en la tasa de tratamiento declarada por los participantes. Por último, la naturaleza del registro no permite desglosar con precisión si la falta de control responde estrictamente a una inercia en la intensificación terapéutica por parte del clínico, a barreras socioeconómicas de acceso por parte del paciente o a problemas de intolerancia farmacológica.

Comentario experto y conclusiones

La principal conclusión de este trabajo es que el paciente de alto riesgo está tratado, pero no controlado, sugiriendo que el problema ya no es de concienciación diagnóstica, sino de falta de intensificación: titulamos poco y tarde precisamente en el paciente en el que el beneficio absoluto sería mayor. La paradoja de que el control tensional y glucémico decaiga a medida que el riesgo PREVENT se eleva es una llamada de atención directa a nuestra práctica clínica.

Quizá merezca la pena, detenerse en los objetivos de control, que no son idénticos para cada factor de riesgo. En la presión arterial parece razonable aspirar a cifras ajustadas, siempre con prudencia y de forma individualizada, en la línea de lo que sugirió el estudio SPRINT. La glucemia admite una lectura algo más flexible: la experiencia de ensayos como ACCORD, ADVANCE o VADT nos recuerda que perseguir cifras muy estrictas no siempre se acompaña de un beneficio cardiovascular añadido, de modo que hoy tendemos a individualizar el objetivo.

Detrás de las cifras observadas en jóvenes y minorías étnicas, los autores del JACC apuntan de forma directa a determinantes sociales crónicos de la salud. En el modelo analizado, factores estructurales como la inestabilidad en la cobertura de los seguros médicos y la ausencia de un vínculo estable con la atención primaria actúan como barreras que truncan la continuidad asistencial.

No obstante, es pertinente hacer una precisión conceptual sobre las herramientas terapéuticas. Aunque el estudio del JACC evalúa el control glucémico global (HbA1c <7%) y no desglosa el uso específico de las terapias cardiorrenoprotectoras más recientes como los iSGLT2 o los agonistas del receptor de GLP-1, la reflexión traslacional es idéntica. El fracaso actual en el síndrome CKM no es un problema de innovación científica, sino de implementación clínica y accesibilidad. Disponemos de un arsenal terapéutico revolucionario, capaz no solo de mejorar variables subrogadas, sino de modificar el curso de la enfermedad renal y cardiovascular. Sin embargo, de nada sirven si no somos capaces de simplificar el tratamiento, individualizar el abordaje en cada paciente y garantizar que los fármacos se distribuyan de forma equitativa.

A modo de conclusión, se impone en primer lugar una obligada cautela traslacional, dado que son datos estadounidenses. En Europa estratificaríamos con SCORE2 y nuestros umbrales difieren; sin embargo, el patrón de fondo centrado en la infratitulación es universal. Se corresponde con lo que vemos en registros nacionales, desde la escasa implementación de la cuádruple terapia al alta en la insuficiencia cardíaca hasta la dificultad en la consecución de objetivos de cLDL en prevención secundaria, pese a contar hoy en día con un arsenal terapéutico sin precedentes.

La evidencia en la literatura de la implementación es ya razonablemente robusta: los modelos de atención en equipo, la titulación apoyada en enfermería y los circuitos estructurados de seguimiento mejoran el control tensional y lipídico, con efectos que más de un fármaco nuevo envidiaría. En el paciente CKM, polimedicado, con múltiples comorbilidades y con la agenda repartida entre varias consultas de especialistas, la simplificación terapéutica y la coordinación deberían dejar de ser un lujo organizativo para convertirse en una intervención de pleno derecho, como ya ocurre en muchos centros con las unidades cardiorrenales.

De ahí que el horizonte de mejora pase por rediseñar la atención a este tipo de pacientes: titulación protocolizada, integración con atención primaria junto a unidades cardiorrenales y metabólicas que aborden los factores de riesgo para lograr la consecución de objetivos. Y, de forma prioritaria, intervenir antes y con más decisión en el adulto joven: la exposición acumulada precoz a cifras elevadas de presión y de cLDL, en el fondo, siembra el riesgo cardiovascular de toda una vida.

Este estudio del JACC evidencia que el verdadero desafío en el síndrome CKM no radica en la escasez de alternativas terapéuticas, sino en una deficiente estrategia de implementación clínica. El riesgo jamás debe justificar la laxitud o inercia terapéutica; por el contrario, debe exigir la máxima optimización del paciente. En la era de la medicina de precisión, nuestro éxito ya no se mide por los fármacos que se firman en la receta, sino por los objetivos clínicos reales que alcanzan nuestros pacientes.

Referencias:

  1. JACC. - Treatment of Cardiometabolic Risk Factors Among U.S. Adults With Cardiovascular-Kidney-Metabolic Syndrome

 

Inés Martínez Salgado

Inés Martínez Salgado

Residente de Cardiología en el Hospital Universitario Central de Asturias. Graduada en Medicina por la Universidad de Oviedo. Estudiante de Doctorado en Ciencias de la Salud por la Universidad de Oviedo.

@inesmarsal

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