Pericarditis: qué es, síntomas, diagnóstico y tratamiento

Si has llegado hasta aquí, probablemente estás en una de estas dos fases: o estás con dolor en el pecho y te asusta que sea algo grave, o te acaban de decir “pericarditis” y tienes mil dudas sobre qué significa en tu vida real. Yo voy a explicártelo de forma práctica, sin dramatismos, pero sin minimizarlo.

La pericarditis es una inflamación del pericardio, que es como “la funda” que envuelve al corazón. Cuando se inflama, esas capas pueden rozar y provocar el dolor típico (ese que mucha gente describe como si “respiraras cristales”). Y sí: por cómo se siente, es normal que lo primero que pienses sea “¿esto es un infarto?”.

Importante: este artículo te ayuda a entender y a prepararte para hablar con tu médico, pero no sustituye una valoración clínica. Si ahora mismo tienes un dolor nuevo e intenso en el pecho, lo correcto es que te vean.

Qué es la pericarditis y por qué duele así

El pericardio es una doble membrana que rodea el corazón y normalmente tiene una pequeña cantidad de líquido lubricante entre sus capas. En la pericarditis, esa membrana se irrita y se inflama; a veces aumenta el líquido (lo que se llama derrame pericárdico). El resultado es que, en cada latido y en cada movimiento del tórax al respirar, puede haber roce. Por eso el dolor suele ser punzante y muy dependiente de la postura y de la respiración.

Hay un detalle que encaja muchísimo con lo que cuentan muchos pacientes: tumbarte boca arriba puede ser una trampa. No es “comodidad y descanso”; para algunos es casi imposible porque el dolor sube de golpe. En cambio, sentarte e inclinarte hacia delante (la famosa postura de “rezar”) a veces es lo único que te da aire y te permite bajar un punto el sufrimiento. Esa combinación (dolor que empeora al inspirar y al tumbarte, y mejora al incorporarte) es una pista muy típica.

También es normal que el cuerpo te “eduque” a respirar corto. Cuando cada inspiración profunda se siente como un cuchillo, aprendes a no expandir el pecho. El problema es que eso te tensa, te agota y te puede disparar la ansiedad. Y ahí ocurre otra cosa muy humana: empiezas a dudar de todo lo que sientes, porque a ratos te calma y a ratos vuelve, y tu cabeza se queda en modo alarma.

La buena noticia es que en muchos casos la pericarditis es un proceso que mejora con tratamiento y reposo. La parte menos amable es que la recuperación no siempre es lineal: hay personas que se encuentran bien dos semanas y, de repente, tras un resfriado o un esfuerzo, sienten el “déjà vu” del dolor. Ese patrón de montaña rusa es lo que hace que el tema tenga tanta carga emocional.

Síntomas: cómo se siente (y por qué tumbarte empeora)

El síntoma estrella es el dolor torácico. Mucha gente lo describe como una puñalada en el centro del pecho, a veces hacia el lado izquierdo, y puede irradiar hacia el cuello, los hombros o la espalda. Suele empeorar al respirar profundo, toser o tragar, y también al tumbarte. Y suele aliviarse al sentarte e inclinarte hacia delante. Esto encaja con lo que cuentan muchísimos testimonios: “aprendes a respirar cortito” y te montas una cama de almohadas a 45 grados porque horizontal es imposible.

Además del dolor, pueden aparecer palpitaciones, falta de aire (sobre todo al estar acostado), cansancio fuerte, tos seca y febrícula. Si hay derrame pericárdico, puede haber más dificultad respiratoria o mareo. Lo importante aquí es que no todos los síntomas aparecen siempre, ni con la misma intensidad. Por eso es tan fácil sentirse perdido: tú estás notando algo muy real, pero el cuadro puede variar y las pruebas al inicio no siempre “gritan” el diagnóstico.

Algo que me parece clave decirte sin rodeos: el miedo es parte del síntoma. No porque “esté en tu mente”, sino porque el cuerpo interpreta un dolor de pecho intenso como amenaza máxima. Es muy típico llegar a urgencias convencido de que te estás muriendo. Y también es muy duro cuando, si las primeras pruebas no son concluyentes, alguien lo reduce a “ansiedad” o “gases”. Esa experiencia deja huella: te cuesta volver a confiar, y cada molestia futura se convierte en una pregunta.

Si necesitas una regla práctica: dolor punzante que cambia con postura + respiración y mejora al inclinarte hacia delante suena bastante a pericarditis, pero nunca uses esto para descartar un infarto por tu cuenta. En dolor torácico nuevo, el primer paso es descartar lo peligroso.

Causas y tipos: aguda, recurrente, derrame y constrictiva

En muchas personas no se identifica una causa clara (se llama idiopática). Cuando sí se encuentra, una de las más frecuentes es un cuadro viral reciente (como un resfriado o una neumonía). También puede aparecer tras un infarto, después de cirugía cardiaca o traumatismos, y en asociación con enfermedades autoinmunes, insuficiencia renal, tuberculosis o ciertos fármacos. La idea importante es esta: la pericarditis no es una sola “enfermedad”, sino un patrón de inflamación que puede tener diferentes disparadores.

Por duración y patrón, se suele hablar de:

  • Pericarditis aguda: empieza de forma brusca y, en general, dura hasta 4 semanas.
  • Pericarditis incesante: síntomas que se mantienen más allá de esas semanas, sin un periodo claro de alivio.
  • Pericarditis recurrente: vuelve tras un intervalo sin síntomas (típicamente varias semanas). Aquí es donde aparece la sensación de “montaña rusa”.

Y luego están las complicaciones o presentaciones asociadas:

  • Derrame pericárdico: acumulación de líquido. Si es grande y rápido, puede afectar al llenado del corazón y dar síntomas de urgencia.
  • Pericarditis constrictiva: el pericardio se vuelve más rígido con el tiempo, como una “armadura” que limita al corazón. Es menos frecuente, pero importante porque cambia el enfoque (a veces requiere cirugía).

Si tú vienes del mundo del deporte, este apartado te interesa: el ejercicio puede ser un gatillo durante la fase activa y, en algunos casos, precipitar recaídas si vuelves demasiado pronto. Mucha gente lo vive como una pérdida de identidad (“pasar de entrenar fuerte a cansarte lavando platos”). No es debilidad: es que el cuerpo está pidiendo reposo real, aunque la mente quiera correr.

Diagnóstico: pruebas, criterios y por qué a veces confunde

El diagnóstico no es “me duele y ya”. Los médicos combinan tu historia clínica (el tipo de dolor), la exploración (a veces se escucha un roce pericárdico con el fonendo), el electrocardiograma, y pruebas de sangre e imagen. Muchas veces también se solicita una ecocardiografía para ver si hay derrame y para descartar otros problemas.

¿Por qué puede confundir al principio? Porque hay escenarios en los que el electro o las analíticas no son concluyentes en las primeras horas, o porque el dolor de pecho asusta tanto que todo el proceso se vive con tensión. Y cuando estás tenso, cualquier explicación rápida (ansiedad, reflujo, contractura) suena insuficiente. Si te pasó, no significa que tú “exageraras”: significa que el dolor torácico es un síntoma complejo y se diagnostica por combinación de datos, no por un solo test.

Para orientarte, aquí tienes una tabla comparativa que suele ayudar a poner orden cuando todo se mezcla:

CuadroCómo suele ser el dolorQué lo empeoraQué lo mejoraPruebas típicas en urgencias
Pericarditis Punzante, “cuchillazo”; puede irradiar a hombro/cuello Inspirar profundo, toser, tragar, tumbarte boca arriba Sentarte e inclinarte hacia delante ECG, analítica, eco para derrame; valoración clínica completa
Infarto Opresivo, peso/compresión; puede irradiar a brazo/mandíbula Esfuerzo (a veces), estrés, no suele depender de respirar Reposo (no siempre), tratamiento urgente específico ECG seriado, troponinas, monitorización
Pleuritis Punzante lateral; ligado a respiración Inspirar, toser; a veces fiebre/virus respiratorio Posturas que “descargan” el lado doloroso Exploración respiratoria, Rx/eco pulmón según caso
Reflujo Ardor/quemazón retroesternal Comidas copiosas, acostarte tras comer Antiácidos, elevar cabecero, cambios dietéticos Historia clínica; ECG/analítica si hay duda por dolor torácico

Esta tabla no sirve para autodiagnosticarte; sirve para entender por qué un médico te hace ciertas preguntas y por qué insiste en descartar lo urgente primero. Si te quedas con una idea: lo que manda es el conjunto (síntomas, exploración y pruebas), no una sensación aislada.

Tratamiento y recuperación: lo que suele funcionar y lo que desespera

En muchos casos, el tratamiento se centra en dos objetivos: aliviar el dolor y bajar la inflamación. Lo más habitual es el uso de antiinflamatorios (como ibuprofeno o aspirina, según pauta médica) y, con frecuencia, colchicina para reducir el riesgo de recaídas. En situaciones seleccionadas se usan corticoides, pero no suelen ser la primera opción si se puede evitar.

La parte que más cuesta aceptar es el reposo. No un “descansa un poco”, sino reposo de verdad, especialmente si tienes dolor o marcadores inflamatorios altos. Si intentas volver al ritmo normal demasiado rápido, es cuando aparece la frustración: te encuentras bien dos días, haces un esfuerzo pequeño, y tu cuerpo te recuerda que aún no. Esa sensación de “mi vida pasa mientras yo estoy en el sofá” es muy real, y no se arregla con fuerza de voluntad.

Si eres deportista (o simplemente activo), mi consejo práctico es que lo veas como un plan de recuperación, no como un castigo. Tu objetivo no es “aguantar” sino no recaer. Muchos pacientes señalan el ejercicio como gatillo de brote cuando se reinicia antes de tiempo. Lo inteligente es volver por fases, con visto bueno médico, y con un criterio claro: si reaparece dolor típico, no negocias con él.

Y luego están los efectos secundarios: la colchicina puede dar problemas digestivos y los antiinflamatorios pueden fastidiarte el estómago. A veces te sientes atrapado: “mi estómago no aguanta más pastillas, pero el dolor es peor”. Aquí ayuda hablarlo pronto: protección gástrica si procede, ajustes de dosis, tomas con comida, y revisar si hay señales de alarma digestiva. Además, mucha gente encuentra alivio reconfortante con medidas sencillas como calor local (una almohadilla eléctrica suave) y una rutina de descanso con cojines para dormir incorporado cuando lo necesitas.

Por último, la recuperación mental: es normal que, aunque el brote haya pasado, te quedes “hipervigilante”. Cada pinchazo te dispara la pregunta: “¿vuelve?”. A mí me gusta normalizarlo y darle estructura: aprende tus señales típicas (postura, respiración, duración), apunta cuándo pasa, y acuerda con tu médico qué síntomas justifican consulta y cuáles puedes observar 24–48 horas si el cuadro es leve.

Cuándo ir a urgencias: señales de alarma que no negocias

Con dolor torácico, la prioridad es descartar causas graves. Por eso, si es un dolor nuevo, intenso o diferente a lo habitual, lo correcto es que te valoren. Y hay banderas rojas que no conviene “aguantar en casa”.

  • Dolor opresivo intenso con sudor frío, náuseas, debilidad extrema o sensación de desmayo.
  • Falta de aire importante, sobre todo si empeora rápido o te cuesta hablar.
  • Desmayo, mareo intenso persistente o palpitaciones con sensación de inestabilidad.
  • Fiebre alta mantenida o empeoramiento claro del estado general.
  • Empeoramiento progresivo del dolor pese a la medicación indicada.
  • Hinchazón marcada de piernas, distensión abdominal o signos de derrame importante si ya te lo han diagnosticado.

Si tú ya tienes diagnóstico de pericarditis y aparece un dolor parecido al previo, igualmente conviene actuar con criterio: si es leve y reconocible, puede bastar con contactar con tu médico; si es fuerte, nuevo o viene con síntomas de alarma, urgencias. No es dramatizar: es gestionar riesgo con cabeza.

Vivir con la recurrente: mente, gatillos y volver a confiar en tu cuerpo

La pericarditis recurrente no solo es un problema médico; es un desgaste psicológico. La sensación de “hoy estoy bien, mañana no sé” te deja en alerta permanente. Y eso tiene un coste: duermes peor, te mueves con miedo y cualquier molestia se convierte en una amenaza. En ese punto, ayuda muchísimo ponerle nombre: no es “estar paranoico”, es haber vivido un dolor que tu cuerpo etiqueta como peligro.

En la práctica, yo he visto que hay tres palancas que ayudan de verdad:

  • Plan claro con tu médico: qué medicación, cuánto tiempo, cómo reducirla y qué signos indican recaída real.
  • Gestión de gatillos: resfriados, esfuerzos, estrés y falta de sueño pueden coincidir con rebrotes. No puedes controlarlo todo, pero sí puedes reducir ruido.
  • Comunidad: parece una tontería hasta que lo vives, pero leer a otros que “duermen sentados” o que también encuentran alivio al inclinarse hacia delante te devuelve cordura. Te recuerda que no estás inventándote nada.

Y una idea que quiero que te lleves: la frase “es una inflamación benigna” puede ser cierta a nivel de pronóstico, pero no describe tu experiencia. Si tú sientes que te clavan un picahielo al respirar, eso es real. Lo más útil es juntar ambas verdades: suele tener buen pronóstico, y aun así puede ser brutal. Cuando aceptas eso, se te abre un camino más práctico: paciencia radical, recuperación por etapas y una relación más amable con tu cuerpo.

Preguntas frecuentes

¿La pericarditis se cura?

En muchos casos, sí: mejora y desaparece con tratamiento y reposo. La clave está en tratar la inflamación el tiempo suficiente y no correr en la vuelta a la actividad. Si aparece recurrencia, no significa que “no se cure”, sino que tu sistema inflamatorio se reactiva y requiere un plan más largo y cuidadoso.

¿Cuánto dura un brote?

Depende del tipo y de la causa. Hay brotes que mejoran en días y otros que se alargan semanas. Lo que suele marcar la diferencia es iniciar el tratamiento pronto, seguir la pauta completa y respetar el reposo. Si tienes recaídas, la recuperación puede ser más lenta, y ahí lo importante es medir progreso en semanas, no en días.

¿Puedo hacer deporte?

Durante la fase activa, normalmente no. Y al retomar, conviene hacerlo con una estrategia: volver por escalones, con seguimiento y sin “probar a ver si ya estás”. Si el ejercicio te dispara dolor típico, ese es un aviso claro de que vas rápido. Tu meta es volver fuerte, pero sin recaídas.

¿La postura de inclinarte hacia delante es realmente típica?

Sí, es un patrón muy comentado y se utiliza como pista clínica. Mucha gente lo descubre por instinto, porque al sentarte e inclinarte cambia el roce del pericardio. Si te pasa, apúntalo y cuéntalo tal cual en consulta: es información útil.

¿Qué hago si me dicen que es ansiedad?

Si tienes dolor torácico, lo correcto es una valoración adecuada. La ansiedad puede coexistir, sobre todo después de un susto, pero no debería usarse como etiqueta rápida sin descartar otras causas. Si te quedaste con dudas, pide una explicación clara de qué se descartó, con qué pruebas, y cuál es el plan de seguimiento.

 

Globalthy

Artículo elaborado por el equipo de profesionales de Globalthy.

@Globalthy

Servicios y Gestión de Proyectos - Trabaja con CardioTeca

Formación

Formación

Cursos online, con certificado de asistencia y acreditados. Formación cuándo y cómo quieras.
Patrocinio

Patrocinio

Acuerdos de colaboración o esponsorización de acciones y proyectos.
Ediciones

Ediciones

eBooks con depósito legal e ISBN, PDF navegables, infografías, pósters, publicaciones digitales.